La educación, si funciona, debería objetivarse, requiere
de fines cónsono con la economía que nos gastamos. La economía valida y
autentica –de autenticar- el escenario educativo, esto, en una realidad pragmáticamente
distinta a la formación.
Al observar la economía de la isla es fácil darse cuenta
que requiere un modesto nivel educativo para operar, a menos que cambie el
modelo económico vigente. Tal planteamiento parte de las expectativas del
modelo en cuestión, el que rige la economía de la isla de Santo Domingo, sin
estridencia, bajo el dominio del sector comercial importador, activo humano
rector de bajo nivel de especialización, ausente de procesos técnicos, apoyado en la distribución de mercancías en evidente oposición a las exigencias económicas
del sector industrial, por demás inexistente en la isla, y no porque no haya,
sino porque su incidencia económica actual es insignificante.
Cuando nos referimos a la aserción definitiva de la formación
en vez de la educación, contemplamos impávidos el proceso inverso en ejecución, la alteración
del orden del desarrollo humano, a la postre, síntesis de la curva regresiva del
movimiento social isleño. Dejamos, inconscientes, el avance real del pueblo
dominicano a cambio de gente saturada de conocimientos sin uso ni aplicación,
una educación productora de desempleados titulados sin cobijo, rechazados por ésta nuestra obsoleta economía.
Vista la tendencia, no nos sorprendamos por el carácter rentista
del común de los isleños, escasos de formación, entienden poco o nada la realidad
de su contexto vivencial, sin el instrumental formativo del cual deriva la
conducta social requerida, y porque no, la más apropiada en las necesidades actuales. A
resumidas cuentas, formación sí, y ¿educación? Sin melindre ni pretensión como
ingredientes básicos.