#91 EXPECTATIVAS RACIONALES O EMOCIONALES

Lamentablemente se ve en todo. Nadie entiende ni cree en resultados, en concreciones más allá de cinco años. El dominicano luce impaciente, sufre el síndrome del presente, todas sus acciones las quiere enmarcar en lo inmediato, en un afán enfermizo por renunciar al futuro. Por el inmediatismo coincide con la lucha por la subsistencia que no ve más allá del presente. Cuando analizamos esta óptica económica, las estadísticas suelen enviar mensajes dramáticos. Por ejemplo el 75% de la población dominicana, menor de treinta años, busca afanosamente la realización de sus sueños mercantilistas en el corto plazo, conocen poco o casi nada otro tipo de concreción, que las hay y muchas, las aspiraciones materiales lo sumen en el mundo vital de no más de un metro de distancia. No los culpo, la globalización en que estamos harto inmersos, empezando por la Internet, conlleva todo tipo de condicionamientos en esa dirección. Si nos ponemos a revisar las estadísticas de vehículos de lujos –las cito porque son elocuentes al momento de interpretar las expectativas emocionales en el ámbito local- causa asombro y tirria por lo desorbitada de la acotación. Es curioso, pero en naciones como España por ejemplo los vehículos pequeños y de bajo consumo de combustible –los llamados carros utilitarios- tienen una extraordinaria aceptación en todos los niveles sociales. Los datos de la población en la composición de la pirámide poblacional como el citado arriba es obviamente otro e inverso, la población mayor de treinta años está estimada en un 80%. En el ejercicio de la política vernácula las expectativas tienen ribetes racionales, pero no dejan de ser decididamente emocionales. La campaña electoral del Presidente Fernández está delineada por una oferta de largo plazo basada en toda una parafernalia vial en el interior del país, teniendo el súmmum en la capital de la república con el mega proyecto del Metro. Si partimos de las expectativas racionales esto tendría mucho sentido y auguraríamos un rotundo éxito en las elecciones de Mayo venidero, pero cuidado con las expectativas emocionales. Apuesto a que esta oferta no ha calado tanto como se esperaba en el animo de la gente porque la decodifican como algo deseado, un sueño, un estado ideal de cosas, descritas en este momento con palabras. El largo plazo a diferencia del corto plazo permite incursionar en los grandes cambios, en los saltos cualitativos de carácter económico, el cambio drástico del nivel de vida. La opción paralela, la del PRD, transita los vericuetos corto placista, con temas económicos teóricamente encontrados, una severa prueba a la racionalidad.

#90 ASOCIACION DOMINICANA DE CONSUMIDORES Y USUARIOS

Su presencia podría ser una conjetura, de hecho la ADCU lo sería hasta prueba en contrario. Las denuncias, el aislado sentido de su existencia, aceitan el decurso serpenteante de este raro engendro. La “adecu”, así suena en el recalcado marasmo del tablado económico local. Su misión es más que suficiente, el chivatazo público, ubérrima por demás frente a la economía rosa del descontento en que opera la redención de los “sin pena”, el ejercito de infortunados, esa martirizada mezcla de consumidores y usuarios. El planteamiento encaja en el lance persistente, habiendo aun el código de precedentes, esa imaginaria institucionalidad a los que todos sin excepción tenemos derecho. Los asuntos de consumo atañen a todos, tamaña debilidad para el acuerdo. Empero, el consumidor luce amorfo, desmedido, victima de sus pasiones, cuando no la fruición los debilita, la apología al gusto presume insuperable. Quién se atreve a discurrir ante semejante evento, carente de argumentos sin ninguna discusión; fenómeno, el gusto, tan cerca de las necesidades vitales, con seguridad mas de uno se confunde, sino todos. Resulta ser que sin proponerse, la naturaleza le ha dado al comercio una patente de corso. Bajo algún interés particular, el marketing, a cuenta de los influjos publicitarios de la persuasión, intenta difícilmente desbravarla, la engañifa de poco sirve. El gusto se ha convertido en una corriente social al servicio de las fuerzas de la oferta y demanda, quién mejor que la Economía para encausarla. La fila es larga, al revisarla nos encontramos con “de todo”, desde la habichuela al detalle, sin olvidar el pote de romo, para terminar con la aspiración del pobre, la soñada yipeta. La irracionalidad del consumidor, el postulado más aventajado de Adam Smith, lo afirmaba sin tapujos, con la lógica incomprensible de los que hablan sin decir, pretenciosos aquellos que hasta ahora lo cacarean. El campesino, a diferencia del habitante urbano, poco o nada le interesa los argumentos de los “adecusistas”. Embriagados por el trabajo de la tierra, la modesta existencia es la fiel compensación de sus denuedos. ¿De algo le sirve la conquista de precios justos? La tradición los sume en el olvido de cualquier reivindicación social. La noticia de “…la subida del precio de los alimentos no beneficiará a los agricultores del país”, es una sentencia socorrida en todo momento. “No seas perezoso, cambia lo que acabas de comprar, haz uso de la garantía, no te de pereza volver, protesta si no estás contento, pide presupuesto, si falta alguna pieza, si no cumplen lo que prometen denuncia”, fin de la oda.

#89 DISTRIBUCION Y REDISTRIBUCION

Claro, obvio: distribución y redistribución de la riqueza que produce y reproduce constantemente la economía dominicana. A eso y no a otra cosa nos referimos con este análisis-comentario.
Hay un sentido de oposición estructural entre el crecimiento de la economía y el correspondiente retorno de dicho incremento, traducido por supuesto en el bienestar mínimo requerido por la población. El problema básico se centra en la situación contradictoria, en la dirección del empleo y la dirección del crecimiento del PIB. Lo esperado es que transiten igual sentido, empero resulta que lo hacen en sentidos dispares. Este es el caso de la estructura distributiva vigente en la economía; pero qué me dicen de la redistribución. El gobierno, eje central de la redistribución, es el punto neurálgico que podría corregir las distorsiones de la estructura distributiva. Pero, ¿es manejable el sesgo social del país? El cúmulo de necesidades vigentes absorbe sin dificultad cualquier esfuerzo de asistencia oficial. El monstruo de mil cabezas es insaciable, dispuesto a tragarse todo lo que se ponga en frente, convirtiendo en impracticable cualquier plan de asistencia social. Entonces, ¿qué hacer? La idea primaria es disponer en la población de las herramientas esenciales, convertirlos en agentes económicos incorporándolos en la actividad productiva. Lo que quiero decir es que la ayuda per se es totalmente improductiva y por demás nociva, allí están los hechos. Requerimos de un enfoque proactivo centrado en la Educación, asistidos de los recursos financieros y logísticos necesarios y en el horizonte de tiempo apropiado.
No cabe la menor duda que los componentes de la actividad económica son distintos a los del bienestar social. De ahí que es dable que aparezcan situaciones disimiles, tanto en el tejido social como en el organismo económico. En la medida en que las entidades catalizadoras del país muestren el desarrollo requerido, -llámense instituciones reguladoras, no necesariamente de carácter económico, enquistadas en el ordenamiento legal cuyo rol es de carácter normativo- es posible establecer la correspondencia adecuada a las necesidades sociales, sobre todo de las masas desposeídas.
Es oportuno afirmar que el problema central no es necesariamente de carácter político, si no del gradiente, del grado de elasticidad con que se maneje la variable política. Me refiero particularmente a este componente porque es el más visible de los que se definen como perturbadores del orden económico.

#88 ECONOMIA DE LA VIOLENCIA

La Economía tiene múltiples ángulos de riqueza indiscutible para el ejercicio conceptual, empero difícilmente ninguno de estos podría alejarse de la cotidiana praxis económica, el dilema central del diario vivir.
La observación parte de la simbiosis ideal -¿idealizada?- la reconocida y mal llevada dualidad teoría-practica. Y la violencia, ¿qué? Me refiero a la violencia en el contexto de la Economía, aquella alteración del natural estado, situación o modo de la estructura u orden de las cosas.
¿Tiene sentido la violencia en la Economía?
Por su recurrencia y elevado nivel de permeabilidad debemos estudiarla constantemente. Digamos que la violencia y la economía están emparentadas, exhibiendo continuos y endémicos desequilibrios, visos de una disciplina que se reinventa en cada instante.
Difícilmente el equilibrio perdure en un lapso de tiempo, en todo caso viene a ser el síntoma del momento. En cambio el desequilibrio, esa violencia manifiesta, ruidosa y exacerbante, cuenta en cada instante; configura la sombra de la Economía, su ineluctable compañera. ¿Luchar con esto? Los economistas afanan, se realizan en la fruición del trapecista, ¿caer al abismo? La caída les resulta más dura que el golpe; buscando incesantemente lo imposible se ven atrapados en el incontrovertible espejismo económico: el ideal del equilibrio.
Uno de los fenómenos que provoca mayor violencia en la economía es la desinformación, la llamada asimetría de la información. Si algo le debemos a la desinformación es mucho de la inflación del cual somos victimas. Quién no ha sido objeto de la desproporción del precio de alguna mercancía por no estar en el lugar y tiempo oportuno. A fin de cuentas no le damos mayor importancia a los insumos de la orientación, que a la postre lo pagamos con creces por carecer de éstas cuando la necesitamos. Cruda realidad. Los comerciantes saben que existe en nuestro medio el apremiante deseo de gastar, más que de comprar que es muy diferente, y que todos los mercados de consumo adolecen de asimetría en la información. Si los compradores conociesen a los vendedores que ofertan los bienes que desean adquirir, no habría margen alguno para que ocurra la deformación de los precios por esta vía. Mientras más asimétrica es la información prevaleciente en la economía más sobreprecio estará usted dispuesto a pagar.