#306 .........ALREDEDOR - CASI - EXACTO.........

Formalidad vs Informalidad


ALREDEDOR

Con empleo formal nos referimos al volumen de gente empleada en el conjunto de empresas: pequeña, mediana y grande, que operan en la isla. Son asalariados que reciben los emolumentos reales al deducirles el fajo de impuestos por los dueños de la infraestructura productiva que actúan como agentes de retención. Estos asalariados -empleados formales- rondan el millón y algo más en volumen, de los cuales el noventa por ciento, novecientos mil empleados, ostentan el salario mínimo, estimado en ocho mil quinientos pesos. El resto –cien mil puestos de trabajo- es empleado medio en su gran mayoría, y ejecutivo en escaso número.
CASI

Se ha demostrado hasta la saciedad en la isla, que la estructura del empleo formal no resuelve las acuciantes necesidades primarias que agobian diariamente al común de la gente. Visto así, el empleo formal emerge como una bomba de tiempo, es una burbuja laboral insuflada de inconformidad, de rechazo, y sobre todo en búsqueda de nuevas alternativas. Ahí está la degeneración del empleo, el pluriempleo, valor agregado de inestabilidad para las organizaciones formales.
EXACTO

Pero, qué ocurre en el trasfondo de la realidad empresarial isleña, aquellos que viven –me refiero a los empresarios- del empleo formal espurio. Bueno, que perciben la pérdida abrupta del mercado isleño, un volumen significativo de consumo absorbido por la oferta informal. Es cierta la protesta del empresario formal, cuando estrujan el argumento de que la informalidad no tributa. Pero, cómo sangrar con medidas fiscalistas a gente –el setenta por ciento de la fuerza laboral dominicana- cuyo grueso de inversión, el principal activo productivo, comprende su modesto nivel de vida.
La realidad es otra, no es el empleo informal per se –este argumento sólo es un raído pretexto-, sino el control del mercado de consumo isleño, creciente masa de consumidores dominicanos que encuentra viable la compra e ingesta de los bienes que produce y comercializa el empleo informal de la isla.

#305 SIGNIFICADO INOCUO

El capital de trabajo -capital operativo nacional- gira alrededor del peso dominicano, moneda que tiene valor en territorio isleño, fuera de esos límites su valor es relativo, sólo sirve de paridad nominal con otras monedas, significado inocuo que no reditúa absolutamente nada.
El Estado de una economía exportadora cuenta con capital de trabajo en divisas dentro de su territorio geográfico, nación de amplia participación de empleos en cantidad y calidad a través de la industria, el aparato productivo generador de divisas.
¿Para que sirve el capital operativo en divisas? Para suplir las necesidades sociales, fruto de los compromisos con el resto de las economías del mundo. Actualmente, a falta de una economía exportadora, sólo contamos con el peso, moneda que únicamente nos sirve para interactuar en el mercado nacional. ¿Y los compromisos con el exterior? Sin generación de divisas, se financian con deuda externa. A este tétrico panorama se suma el volumen de dólares y euros que engullimos al consumir mercancías que se fabrican en otras economías, y que lógicamente hay que pagarlas en divisas, lamentablemente no aceptan pesos. De ahí que las pocas divisas con que cuenta la isla, fruto de la remesa de la diáspora en descenso, los menguados dólares que deja el turismo a través del ingreso de turistas a la isla, además de las pocas divisas que recibe el banco central por parte de las empresas en régimen de zona franca, quienes compran con dólares los pesos que necesitan para pagar la nómina espuria de los explotados obreros isleños. La miserable suma de ingresos en divisas es insuficiente para cubrir los compromisos financieros con el exterior. Los motivos son más que obvios para que la deuda externa dominicana se abulte indefinidamente, sin visos de variar la proclividad ascendente en el corto plazo, a menos que se implemente otro modelo económico, en el cual se estructure la producción de mercancías nacionales como política económica altamente prioritaria, cuyo principal objetivo sea suplir, esto es, abastecer recurrentemente los mercados externos de consumo final.

#304 HUERFANOS DE MERCADO

Los bienes producidos en la República Dominicana no tienen mercado en el exterior, por tanto son inexistentes, el consumidor de otras latitudes los desconoce, y esto afecta hasta el distingo de la isla como país.
El mercado local, el de la isla, ha servido de “inclusa”, un símil con respecto a aquellas instituciones que acogen y crían niños abandonados. De ahí que los bienes que no tienen mercados en el exterior se les identifican como mercancías incluseras, es decir, que sólo existen en el territorio de origen. Esto es lo lamentable. Si la intensión es enrumbarnos decididamente hacia un modelo económico más rentable, abandonar de una vez y por todas, el modelo económico inclusero, debemos empezar por sacar del ostracismo nuestros bienes, los pocos que disponemos, liberarlos, insuflarles el respiro exportador.
Requerimos urgente la acción de la promoción en el escenario en que perviven los mercados foráneos, un tipo especifico de promoción, ¿a cuál me refiero? A la promoción de ventas, que liga en la oferta, las mercancías con el mercado potencial de consumidores, feriándolos masivamente en el exterior. Esta acción requiere la presencia física de nuestros empresarios isleños en los mercados objetivos externos. La estrategia en cuestión ha sido y es la práctica consuetudinaria de las naciones de economías exportadoras.
Hay consumidores. El término es un genérico, pues su estatus configura un homo economicus que ingesta bienes para la satisfacción de sus necesidades fisiológicas. Ahora bien, hay consumidores de mercancías –esto es otro tipo de consumidor- el llamado homo mercatus que consume para satisfacer sus necesidades psicológicas, pues las fisiológicas se han reducido a la oscura obsolescencia.
El homo mercatus compra imágenes, referencias sensoriales, sin que el precio sea necesariamente la frontera de su decisión de compra. El valor agregado comunicacional constituye la otra frontera que debe entrecruzar el empresario isleño.