Formalidad vs Informalidad
ALREDEDOR
Con empleo formal nos referimos al volumen de gente empleada en el conjunto de empresas: pequeña, mediana y grande, que operan en la isla. Son asalariados que reciben los emolumentos reales al deducirles el fajo de impuestos por los dueños de la infraestructura productiva que actúan como agentes de retención. Estos asalariados -empleados formales- rondan el millón y algo más en volumen, de los cuales el noventa por ciento, novecientos mil empleados, ostentan el salario mínimo, estimado en ocho mil quinientos pesos. El resto –cien mil puestos de trabajo- es empleado medio en su gran mayoría, y ejecutivo en escaso número.
CASI
Se ha demostrado hasta la saciedad en la isla, que la estructura del empleo formal no resuelve las acuciantes necesidades primarias que agobian diariamente al común de la gente. Visto así, el empleo formal emerge como una bomba de tiempo, es una burbuja laboral insuflada de inconformidad, de rechazo, y sobre todo en búsqueda de nuevas alternativas. Ahí está la degeneración del empleo, el pluriempleo, valor agregado de inestabilidad para las organizaciones formales.
EXACTO
Pero, qué ocurre en el trasfondo de la realidad empresarial isleña, aquellos que viven –me refiero a los empresarios- del empleo formal espurio. Bueno, que perciben la pérdida abrupta del mercado isleño, un volumen significativo de consumo absorbido por la oferta informal. Es cierta la protesta del empresario formal, cuando estrujan el argumento de que la informalidad no tributa. Pero, cómo sangrar con medidas fiscalistas a gente –el setenta por ciento de la fuerza laboral dominicana- cuyo grueso de inversión, el principal activo productivo, comprende su modesto nivel de vida.
La realidad es otra, no es el empleo informal per se –este argumento sólo es un raído pretexto-, sino el control del mercado de consumo isleño, creciente masa de consumidores dominicanos que encuentra viable la compra e ingesta de los bienes que produce y comercializa el empleo informal de la isla.
CASI
Se ha demostrado hasta la saciedad en la isla, que la estructura del empleo formal no resuelve las acuciantes necesidades primarias que agobian diariamente al común de la gente. Visto así, el empleo formal emerge como una bomba de tiempo, es una burbuja laboral insuflada de inconformidad, de rechazo, y sobre todo en búsqueda de nuevas alternativas. Ahí está la degeneración del empleo, el pluriempleo, valor agregado de inestabilidad para las organizaciones formales.
EXACTO
Pero, qué ocurre en el trasfondo de la realidad empresarial isleña, aquellos que viven –me refiero a los empresarios- del empleo formal espurio. Bueno, que perciben la pérdida abrupta del mercado isleño, un volumen significativo de consumo absorbido por la oferta informal. Es cierta la protesta del empresario formal, cuando estrujan el argumento de que la informalidad no tributa. Pero, cómo sangrar con medidas fiscalistas a gente –el setenta por ciento de la fuerza laboral dominicana- cuyo grueso de inversión, el principal activo productivo, comprende su modesto nivel de vida.
La realidad es otra, no es el empleo informal per se –este argumento sólo es un raído pretexto-, sino el control del mercado de consumo isleño, creciente masa de consumidores dominicanos que encuentra viable la compra e ingesta de los bienes que produce y comercializa el empleo informal de la isla.