Conocemos bien lo que está ocurriendo con los huevos que se producen en la isla. Pues, resulta que
con la pérdida del mercado haitiano, lo lógico fuera que se desplomara su
precio, pero no ha sido así. Qué ha ocurrido entonces. Existe la sobreproducción de huevos, de eso no hay duda,
éstos se consumen o se dañan, es corto el plazo de la alternativa en cuestión,
sólo catorce días, después de dicho plazo nadie aguanta la hediondez del almacén
de la granja en donde se ubica su inventario. Por otro lado el mercado de
consumo dominicano no puede absorber la referida sobreproducción, está fuera de
sus posibilidades de gastos. Sin embargo, ante el referido sobre-inventario, la
gente no se explica el por qué del aumento del precio, cuando se esperaba todo
lo contrario. Pues, el exceso en el precio sólo encuentra su justificación en
el financiamiento de las pérdidas por parte de la población, un crédito sin
retorno, lo que Marx identificó como la acumulación originaria, el pueblo sin
saber por qué, prohíja las
pérdidas del empresario pecuario, riesgo que éste sin ninguna duda tendría que asumir.
Debo decirles que tampoco existe en la isla la industria derivada por que no
hay actividad exportadora, la opción viable sería la deshidratación ante la
coyuntura del exceso de producción que contrarrestaría el ciclo corto de
consumo, sin sacrificio al magro, enjuto y flaco ingreso del pueblo isleño.
Pero, no hay mentalidad ni actitud al comercio internacional, habiendo mercados
inmensos para los derivados del huevo. Bueno, los hueveros, ni tontos ni
perezosos, optaron por el financiamiento de sus pérdidas. No fue suficiente el
aporte del gobierno en numerario, dación injustificable pues los dineros del
fisco, que son del pueblo, no deben ser objeto de comercio, sino
primordialmente de inversión social, que no la hay, por eso nuestra pobreza estructural
a pesar de la cantaleta recurrente del crecimiento del PIB por parte del banco
central. Los hueveros, a falta de mercado, le cargaron las pérdidas al pueblo
isleño con el aumento del precio. El gobierno debe intervenir a favor de
quienes lo sostienen, la ciudadanía, que no tiene por qué financiar pérdidas por
la falta de visión y de orientación comercial.
Literatura social publicada semanalmente desde Mayo de 2006 para el diario matutino Hoy de República Dominicana.
#370 UNA OREJITA AL GOBERNADOR
Señor gobernador, grano a grano se llena el buche. La protuberancia
inesperada en la prima del dólar ya lo expresaba el Gabo en una de sus celebres
obras, La crónica de una muerte anunciada. Pues bien, observamos consternados
la reacción de nuestra economía a los cambios bruscos en el orden financiero,
me refiero a la sobrevaloración del dólar, la moneda más comercial pero menos
apreciada que el peso. Pero cuáles motivos provocaron esta alteración
inesperada de la convertibilidad de nuestra moneda, se cuestionaba inquieto el
gobernador. Debo decirle que el origen de tal espasmo tiene su explicación en
el mayor número de usuarios de divisas de la isla, un proceso perverso de inducción
que viene de tiempo atrás, justificado en este pueblo, la isla, que no genera
divisas porque no cuenta con industria de exportación. Tome en cuenta
gobernador el engrosamiento sistemático de la inversión extranjera, presencia
que comercializa en pesos, pues tiene en el pueblo isleño un nicho de mercado,
que es distinto a lo que es un segmento de mercado, cuyos beneficios generados
en moneda local, convierten sin ningún pudor, dólares que toman un avión y
se instalan en otras economías. Otra, la cuota de producción de las empresas de
zona franca que se comercializa en pesos en el mercado de consumo local. Le
recuerdo que el flujo financiero de las empresas de puerto libre lo componen
las divisas. Los pesos no participan como moneda corriente. Pero, entonces qué
ocurre con los pesos fruto de la venta de su cuota de producción en el mercado
isleño, pues lo convierten en dólares, succionando las pocas divisas que
circulan en nuestra economía, acción que se reduce a una simple exportación. La
diferencia del caso de la inversión extranjera con esta modalidad tipificada como un negocio de capa perro,
consiste en el origen de la transacción, pues aquella es de beneficios, y ésta
es de ingresos por ventas, lo que desproporciona enormemente las divisas
repatriadas.
#369 EL PAÍS QUE HEMOS CONSTRUIDO
Me pregunto si es viable otro tipo de economía en nuestra
isla. Debo decir que si aspiramos a cambios en nuestro modo de subsistencia, primero
debe cambiar la gente, ésta que hace de la economía una entidad viva, no sólo el
ciudadano común sino los empresarios, políticos y religiosos, una reforma
humana, eso es, tanto en la manera de pensar como de actuar. Si no veamos, echemos
un vistazo a nuestro entorno. El malestar generalizado es evidente. Lo que
brota de inmediato al escuchar son afirmaciones de cosas tan lejos de lo que es
la práctica común. El distanciamiento entre lo que se dice y lo que se hace
está diseminado por la isla. La incoherencia es descomunal, marca el compás de
una economía difusa, imprecisa, borrosa, poco clara. Así, las expectativas que
alguna vez fueron halagüeñas de pronto se tornan en frustraciones. Pero eso no
es todo, pues existe lo otro, la preeminencia de los intereses particulares,
que abundan sí, revestidos de interés común, un tigueraje de saco y corbata que
mina ostensiblemente la convivencia isleña reduciéndola en arisca y en nada
amigable. En cuanto a los ingresos, la pretensión generalizada a ser asalariados
dura poco, lo suficiente para que se manifieste la mezquindad del empresario,
cuya cultura de inversión es prácticamente inexistente, asignando salarios de
miseria a cuanto empleado pase por sus manos. Existe la creencia difundida que
es un logro el menosprecio a la energía humana no renovable. La pregunta
persiste, si bajo estas condiciones es viable otro tipo de economía en la isla.
Concluyo, si las condiciones fuesen otras, no me cabe la menor duda. El cambio
a otra economía depende en gran medida de su gente, sin distinción de razas,
credos, preferencias políticas, clases sociales, edades, en fin, la compleja diversidad
que compone la República Dominicana.
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