#326 EL MERCADO, LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO

Con este apotegma derivado de una fábula de Esopo nos referimos a los consumidores, particularmente al caso del mercado de consumidores isleños. Cito; era un país pobre, que no poseía más riqueza que su gente. Los productores, lamentándose de su suerte, de pronto notaron que la gente compraba lo que se le vendía sin indagar, sólo a cuenta de la confianza en el otro. La inocencia del consumo en cuestión les permitía fabricar arbitrariamente, sin ningún tipo de control, y vender a un alto precio. Los fabricantes, locos de alegría, sintieron que por fin la fortuna había entrado a sus casas. Fue así que poco a poco con el producto de la venta de mercancías de dudosa manufactura se convirtieron en los hombres más ricos de la isla. Sin embargo, una insensata avaricia hizo presa su corazón, y pensaron, por qué incluirles materia prima de la buena si el mercado como quiera compra, y así lo hicieron. Cual no fue la sorpresa que un mal día, sin siquiera prejuzgarlos, ocurrió la desgracia de una epidemia, mal que se extendió en los consumidores sin distingo de clase social. Indagando, salió a flote la verdad, la realidad de que a pesar de que consumíamos diariamente las tres calientes había desnutrición y como consecuencia la proliferación de enfermedades endémicas. A causa de la avaricia desmedida, los empresarios isleños malograron la fortuna que tenían.

Sin el mercado de consumidores el crecimiento económico sería inexistente. Para que exista debo afirmar que el fenómeno del mercado requiere de inversión de tiempo y recursos para conformarlo. Paradójicamente, sus bases primigenias están asentadas en los principios humanos de amor por el terruño y los valores que incentivan este fenómeno singular. Afecta decididamente los ingresos fiscales cuando el mercado de consumo es maltratado, yéndose a pique el PIB.

#325 EL GASTO MORAL

Definitivamente las mercancías de confección local han caído en el desafecto del consumidor, provocando la exigencia de algo más que refuerce su certeza del gasto moral. Esta tétrica situación, pensamos que es coyuntural, nos lleva al supuesto de que hemos sido victimas consuetudinarias de la comunicación comercial, además de nuestros gustos y deseos al momento de decidir en que vamos a utilizar nuestros escasos ingresos, los reducidos y golpeados emolumentos, irrespetados por una cultura de producción de baja estofa, no sólo de los bienes de confección isleña, sino de una retahíla de mercancías que se traen de afuera, de productos vencidos, no aptos para el consumo humano.

La manufactura es algo más que la mezcla de insumos. El fenómeno de mercado involucra la finalidad fabril que lleve la impronta del orgullo, cuestión de honor, valores humanos que deben sustentarse para proyectar una opción consistente y seria en la mente del consumidor, más allá del mero hecho de producir. La manufactura no es una engañifa, tampoco consiste en la justificación del esfuerzo industrial mal orientado.

Afirmamos recurrentemente que nos falta desarrollo, esto es, la cualidad que sustente una curva de experiencia creíble. Hemos crecido atentos a la gestión de negocios, ajenos a la diferenciación de la calidad del producto y de cómo podemos mejorarlo. El resultado está ahí, en la presencia de una seudo-industria, sin ninguna posibilidad de penetrar en los mercados de consumo externos.

¿Estamos en disposición de demostrar calidad de nuestras mercancías y refrendarlo con sedas certificaciones? Mientras pensemos que la solución está en los controles gubernamentales para garantizar bienes consumibles, estamos mal, muy mal, esa es la realidad.

#324 LA LOGICA DEL DESARROLLO

Nadie en su sano juicio apuesta por invertir en la microempresa. La inversión está atada al “ver para creer”, alejada de las oportunidades ocultas, incomprensibles, hasta cierto punto risible. Hay, en todo caso, poca o ninguna fe en lo que no se ve, no se entiende la lógica del desarrollo, se requiere con ansiosa urgencia la retribución cortoplacista del crecimiento, no obstante las potencialidades económicas en el tejido social primario, aquel que identificamos con la pobreza, por que no, la indigencia. Esta aseveración es una lógica inentendible, irracional a todas luces. La razón es contextual, circunstancial; lo que tiene sentido en algún momento, en otra situación puede ser tremendo desacierto.

Insistimos en que la fuente de la creatividad reside en los desposeídos, la base de la pirámide social. En el caso de República dominicana esta arista es muy amplia, la estimamos en setenta y cinco por ciento de la población isleña, es cuantiosa. Esta masa insular es revolucionaria, no tiene que perder, se regodea en el ocio provocado por el desempleo rampante, holganza que mezclada con las necesidades primarias insatisfechas desencadena una gama amplia y diversa de posibilidades productivas, con visos de insólita originalidad. En barriga llena no se incuban los talentos, mucho menos los que persiguen el estado de seguridad, un modo de vida sin riesgos, con aspiraciones colmadas de frustraciones.

Observemos la economía real, por ejemplo el beisbol profesional, preñado de gente pobre; lo mismo ocurre en el arte popular. Pregunto, ¿en dónde se esconde el talento humano de la clase media y alta? Atados lamentablemente en la seguridad de un empleo, en los tontos prejuicios que nos alejan del punto de partida del éxito, comenzar desde abajo.

#323 EL PODER FÁCTICO DEL SALAMI

Es inmenso, diríamos que está involucrada toda la economía, desde la poderosa industria cárnica dominicana, hasta el mercado integro de consumidores isleños –asunto de una enraizada cultura culinaria caribeña- sin descartar las instancias oficiales.

El poder fáctico en su conjunto ha rechazado el reciente informe sobre la paupérrima calidad en que está envuelta la industria de embutidos –el salami y gama de presentaciones- cuestionamiento ríspido de la composición de la materia prima e insumos, acto de extrema valentía la de Pro Consumidor, preñada de una insólita y escasísima honestidad. ¿El resultado? Pro Consumidor ha sido aislada, se ha quedado sola, convirtiendo su posición en un acto quijotesco, la lucha contra los molinos de viento.

Los recursos fácticos son irónicos, o por el contrario ocultan la inoperancia de las instituciones oficiales pertinentes, dándose por sorprendidos al no notificarlos, como si debiera recordárseles sus responsabilidades. La coprofagia inducida se utiliza a modo de un motivo risible, pregunto: ¿será de impotencia? En gente que se complace en sus enfermedades en gestación.

Existe, es más que obvio, vocación industrial en la elaboración de productos cárnicos, el sector en cuestión es amplia y creciente. Si el enfoque se situara en la mejora seria y decidida de la calidad del salami, no tenemos ninguna duda en que reconvertiríamos el sector, hoy estremecedoramente cuestionado, en una oferta de exportación. Aún nos falta un largo trecho, pero las cimientes están ahí. Si algo causa daño irreparable a los productos cárnicos al extremo de hacerlos desaparecer es aferrarse irracionalmente al desprotegido mercado isleño.