#293 ECONOMÍA DIVINIZADA

Solemos ser fatalistas; como pueblo, deterministas de los señalamientos de las instancias superiores, un papel forzosamente escrito, ajustado a la dependencia, donde sobre todo prima la pobreza de espíritu. “Sea lo que Dios quiera” pregona la gente ante el mar de calamidades que deriva de una economía al servicio de unos cuantos industriales foráneos, sostenida a la vez por comerciantes locales que definitivamente tienen más que confuso su rol empresarial.
Requerimos urgente de un sistema bancario de divisas que interactúen con el potencial empresario exportador isleño, no existe, por tanto es inexistente la exportación nacional. De ese flujo local de divisas se beneficiarían los diversos agentes económicos, tanto el consumidor como el gobierno, y sobre todo el empresario fabricante.
“Lo primero es lo primero” reza el antiguo adagio cuando se trata de redefinir los roles de un conglomerado social interactuante. Y, ¿qué es lo primero en una economía? Quien no ordene su casa primero, quien tenga escaso o ningún valor por lo propio, lo suyo que es esta isla, a eso me refiero, difícilmente pueda llegar a producir, a ser un fabricante, no cualquier fabricante, que de eso los hay en todas partes, me refiero al sentimiento nativo, a querer lo nuestro por encima de todas las limitaciones que desde ya existen, no sólo aquí, esta barrera es un común denominador en el planeta. El próximo paso es plantearse qué requerimos para desarrollarnos; ¿crecer? No, no, no; el crecimiento es una ficción; tal como se concibe actualmente sólo beneficia a las entidades internacionales de crédito, a esos monstruos de la política monetaria mundial: FMI, Banco Mundial, las naciones del primer mundo que viven de la usura porque son prestamistas internacionales, y por supuesto se suma al endemoniado sistema las no menos disonantes bolsas de valores, toda una parafernalia de especulación financiera que tiene a la civilización maniatada.
Para salir del marasmo económico que nos ahoga debemos dar paso al orgullo con sentido individualista, el rechazo a la imposición de cualquier norma que no derive de nuestro propio criterio. Amén.