Es la salida, el sendero de avance necesario y oportuno a
fin de impulsar el ansiado desarrollo de la economía isleña. Equivale la
autogestión a la sangre empresarial nueva, la estructura industrial emergente,
un modelo económico libre de ataduras, sin referencias condicionantes. Me
refiero a los prejuicios, esos paradigmas anquilosados en los intereses
personales, baja estofa, ajenos a la preocupación de los valores patrios. No
tenemos ninguna duda al respecto, vivos ejemplos de autogestión industrial
tuvieron lugar en los llamados tigres del Asia, viendo en clara perspectiva la
vigencia del desarrollo industrial en los mercados regionales, continentales y
por último globales. Sería una interpretación imperdonable pensar que nuestra posición
es contraria a la industria establecida actual. Lo que pensamos hoy es que es tímida,
es una industria reductora, malinterpreta su espacio comercial, cae en el
reacomodo forzado, distorsionando el mercado nacional y cualquier plan ulterior
de desarrollo. Lo plausible sería que esos esfuerzos redefinieran su norte
comercial, el sentido de ser de la industria, fuera del contexto isleño, allá, allende los mares.
Respecto a la situación del empleo, debo afirmar que la autogestión
industrial tiene un extraordinario potencial de generación de empleo que supera
por mucho las modestas posibilidades de la industria actual.
El gobierno, ente diseñador de política económica debe
entender su rol en el modelo de autogestión industrial. La base reside en la
juventud, el industrial emergente, una fuerza laboral sin paralelo, libre de
los viejos paradigmas empresariales, obsoletos de por si, en esencia limitados
y porque no decirlo, improductivos en su origen.