#36 UNA COMPARACION INOPORTUNA

Con viso de sorpresa observo y escucho la práctica de un sin número de personas comparando estadísticas entre dos países tan disímiles como los Estados Unidos de Norteamérica, USA, y la República Dominicana; inmediatamente se advierte el resultado: ¡todo camina mal en la República Dominicana!; un cliché que, por lo gastado, alcanza el nivel de lo anticuado. Pero cuidado, no obviemos tan rápidamente la ponderación estadística como vía de comparación y tampoco la referencia, dos condiciones determinantes para elaborar un juicio y formarse una opinión.
¿Y por qué ocurre esto? Para comenzar pienso que debemos ampliar la comprensión de la naturaleza del lenguaje de la estadística.
La estadística, en esencia, es un lenguaje relativo, y actúa con diferentes grados de relatividad; quienes operan con este lenguaje matemático lo saben. Las estadísticas están íntimamente ligadas a las circunstancias, que a la vez sirven como factores condicionantes: igual cifra estadística de un hecho acaecido en más de un país, equivale a informaciones totalmente distintas, en otras palabras no son comparables, producen divergencias y en ocasiones degeneran en dislates.
El grado de circunstancialidad de las estadísticas se debe a la configuración particular de los hechos, considerando sobretodo aspectos como la política, la educación, el nivel de desarrollo, la orientación económica y la época en que ocurren los hechos que son objeto de valoraciones estadísticas.
Es muy cuesta arriba, por ejemplo, comparar estadísticas de países exportadores con países importadores si no “ambientamos” estas cifras para entender lo que realmente esta ocurriendo.
La estadística como lenguaje es proclive a la conjetura, a la suposición y a explicación de tendencias; bajo ningún concepto es dable utilizarla como argumentos que reflejen afirmaciones con cierto nivel de certeza y consistencia. Lo cierto es que nos arropa la fatalidad, el complejo de Gaucanagarix del doctor Antonio Zaglul, una carga de prejuicios caprichosos que obnubilan nuestro discernimiento, convirtiéndolo en pesado y tardo, tergiversando la realidad y viendo cosas donde no la hay; paradigma desgraciado éste, alimentado a través del tiempo por personajes agoreros de argumentos vanilocuentes, mentalidades pesimistas, casi siempre interesadas, carentes de la más mínima sensibilidad por el bienestar general.