Se anuncia para estos días un aumento del interés bancario, y esto nos lleva a preocupación por el efecto inflacionario que representa, una variación de los precios en general, sobre todo los precios de los bienes de la canasta básica consumo de la cual depende la subsistencia de la gran mayoría de los hogares dominicanos. Nos hace pensar también que el aumento de interés bancario “friza” los subsidios que hasta ahora y con seguridad el gobierno de turno los sostenía como una medida eminentemente coyuntural, insostenible en el mediano y largo plazo, y por ende compromete definitivamente parte sustancial del presupuesto nacional, a fines de equilibrar, no hay otra manera presta, la economía local. Siempre es posible variar las coyunturas económicas, quizá la más prudente proviene del estimulo a la producción y no al consumo como ocurre actualmente, pero tenemos que contar con la decidida proactividad del empresariado que luce flojo, poco dado a dar que a recibir.
Estamos obsesionados por el crecimiento de la economía y cada vez que revisamos este indicador explotamos en júbilo con cualquier variación positiva. En nuestra situación eso no está mal si lo hiciéramos a partir del desarrollo de la producción exportable. Pero no, nuestro crecimiento es de “pobre calidad” porque lo hacemos a partir de una enfermiza voracidad hacia la importación. En otras palabras, crecemos incentivando el consumo de divisas que no producimos en parte. Así, por el lado del consumo local dependemos de la tasa de interés bancaria “americana”, esto sin contar con el gran fardo de mercancías que se compran en los Estados Unidos.
La banca está presente en toda la economía, no cabe duda. Todos los pesos dominicanos como los dólares van a parar a los bancos. En definitiva la banca pasa a ser un mercado, similar a cualquier establecimiento comercial que compra mercancías diversas para revenderlas. Para los bancos la mercancía con que opera es el dinero, y a éste le pone precio, el interés bancario. El interés es el precio del dinero. Pero no siempre la gestión bancaria tiene un feliz desenlace. Traducido en capital, es decir en inversión, el incremento de interés pasa a ser un “costo de vitrina”: se mira, se desea pero no se puede tocar, es prohibitivo. Sencillamente porque la banca local no tiene sistema ni estrategias para colocar recursos financieros con beneficio a un riesgo aceptable en los mercados demandantes de la pequeña y mediana empresa. En estos mercados la colocación de crédito ha fracasado ostensiblemente.
Estamos obsesionados por el crecimiento de la economía y cada vez que revisamos este indicador explotamos en júbilo con cualquier variación positiva. En nuestra situación eso no está mal si lo hiciéramos a partir del desarrollo de la producción exportable. Pero no, nuestro crecimiento es de “pobre calidad” porque lo hacemos a partir de una enfermiza voracidad hacia la importación. En otras palabras, crecemos incentivando el consumo de divisas que no producimos en parte. Así, por el lado del consumo local dependemos de la tasa de interés bancaria “americana”, esto sin contar con el gran fardo de mercancías que se compran en los Estados Unidos.
La banca está presente en toda la economía, no cabe duda. Todos los pesos dominicanos como los dólares van a parar a los bancos. En definitiva la banca pasa a ser un mercado, similar a cualquier establecimiento comercial que compra mercancías diversas para revenderlas. Para los bancos la mercancía con que opera es el dinero, y a éste le pone precio, el interés bancario. El interés es el precio del dinero. Pero no siempre la gestión bancaria tiene un feliz desenlace. Traducido en capital, es decir en inversión, el incremento de interés pasa a ser un “costo de vitrina”: se mira, se desea pero no se puede tocar, es prohibitivo. Sencillamente porque la banca local no tiene sistema ni estrategias para colocar recursos financieros con beneficio a un riesgo aceptable en los mercados demandantes de la pequeña y mediana empresa. En estos mercados la colocación de crédito ha fracasado ostensiblemente.