#114 HAY UN FALTANTE

Sí, hay un faltante financiero, un enorme volumen de dólares que se requiere amasar con carácter de urgencia. No hay duda, sino cómo se explica que patine una suma de leyes económicas de incuestionable certeza. Pues si, estamos en presencia del misterio de chaflán: disponemos de riquezas y pavoneamos de estas más al cabo de un momento y por arte de magia resulta que los dueños pasan a ser otros. Este es el caso que deriva del comercio mundial de petróleo y alimentos básicos. Presumo que se pretenden recoger con prisa y sin pausa considerables millardos de divisas. Lo lógico es recaudarlos a partir de mercancías identificadas tradicionalmente como de demanda crítica, sin dejar de ser éstas sensibles en la merma o en la sobreabundancia. No nos diga nadie ni quieran cogernos de bobos que si reducimos drásticamente el consumo de petróleo, no reducirán sus niveles actuales de precios. Algunas opiniones interesadas aducen que la baja del precio del petróleo es imposible porque, fruto de la inflación, los costos de extracción han variado hacia arriba. Según este supuesto hoy en día es más costoso extraer petróleo. Qué ocurrirá con esos precios pseudo-inelásticos si se desploma la demanda. Ocurriría en forma análoga lo inverso al incremento de costos al desaparecer los móviles que dieron su existencia. Así que ese argumento carece de consistencia y más que una opinión económica, responde a una posición de poder en el actual contexto de desequilibrio geopolítico. No es difícil adivinar en dónde está el faltante financiero si revisamos el curso de los flujos netos de divisas del comercio mundial de petróleo y alimentos básicos.
La reacción de los países pobres ante la crisis de alimentos se dirige a priorizar la producción agropecuaria cueste lo que cueste, en otras palabras, retener la mayor liquidez en divisas, desvirtuando tácitamente los actuales esquemas de comercio en bloque, los llamados TLC. No me cabe la menor duda que primará la razón y la prudencia en las naciones desarrolladas y sobre todo en los que apuestan por una mayor cuota de poder en el escenario mundial. Prolongar el shock económico traería consecuencias impredecibles reverdeciendo las crisis sociales de los años sesenta y setenta, esto es, protestas frecuentes e inestabilidad política, sinónimo de enfrentamientos y totalitarismo.