Los países que crecieron de forma sostenida, sin que el apuro los perturbara; enfocados, serenos e inmutables, se dedicaron a fabricar, sí, a producir por medios mecánicos, a construir, elaborar, inventar algo material o no material, a manufacturar, confeccionar, industrializar, transformar, a fraguar, a moldear, ¿a componer antojadizamente el crecimiento de la economía? ¡No señor! A incentivar y por ende desarrollar la creatividad. No hay nación en el mundo que no lo pueda hacer; los ejemplos abundan a borbotones en todas las épocas. Tenemos una ventaja, ¿cuál? Somos isleños. Nacimos definidos, no hay más frontera que la inmensa riqueza del mar; de clima privilegiado, somos una referencia obligada de incalculable valor comercial en el planeta. Pero no nos equivoquemos como hasta ahora, desperdiciando nuestros limitados esfuerzos al dedicarnos a explotar el exiguo mercado interno, obviando cual obstinado ciego la ventaja estratégica que como palanca nos llevaría a crecer significativamente en los mercados vecinos, el extenso mercado externo. República Dominicana se encuentra en la ruta del comercio internacional, los únicos que no lo ven son los empresarios dominicanos y los gobiernos de turno, fraguados en las exenciones y en la política atosigante de endeudamiento. ¿Qué pasó de un tiempo a esta parte con la economía isleña? No lo sabemos. En la actualidad estamos sumidos en los servicios, donde el turismo es el espejismo del despegue. La economía de los antiguos isleños era muy diferente; se aprovechaban, para fabricar, los recursos naturales que brindaba el entorno; utilizaban la recolección para elaborar productos alimenticios; la pesca no era desconocida, la practicaban en las proximidades de la costa; la agricultura se conoció, aunque desempeñó una actividad secundaria.