Los bienes producidos en la República Dominicana no tienen mercado en el exterior, por tanto son inexistentes, el consumidor de otras latitudes los desconoce, y esto afecta hasta el distingo de la isla como país.
El mercado local, el de la isla, ha servido de “inclusa”, un símil con respecto a aquellas instituciones que acogen y crían niños abandonados. De ahí que los bienes que no tienen mercados en el exterior se les identifican como mercancías incluseras, es decir, que sólo existen en el territorio de origen. Esto es lo lamentable. Si la intensión es enrumbarnos decididamente hacia un modelo económico más rentable, abandonar de una vez y por todas, el modelo económico inclusero, debemos empezar por sacar del ostracismo nuestros bienes, los pocos que disponemos, liberarlos, insuflarles el respiro exportador.
Requerimos urgente la acción de la promoción en el escenario en que perviven los mercados foráneos, un tipo especifico de promoción, ¿a cuál me refiero? A la promoción de ventas, que liga en la oferta, las mercancías con el mercado potencial de consumidores, feriándolos masivamente en el exterior. Esta acción requiere la presencia física de nuestros empresarios isleños en los mercados objetivos externos. La estrategia en cuestión ha sido y es la práctica consuetudinaria de las naciones de economías exportadoras.
Hay consumidores. El término es un genérico, pues su estatus configura un homo economicus que ingesta bienes para la satisfacción de sus necesidades fisiológicas. Ahora bien, hay consumidores de mercancías –esto es otro tipo de consumidor- el llamado homo mercatus que consume para satisfacer sus necesidades psicológicas, pues las fisiológicas se han reducido a la oscura obsolescencia.
El homo mercatus compra imágenes, referencias sensoriales, sin que el precio sea necesariamente la frontera de su decisión de compra. El valor agregado comunicacional constituye la otra frontera que debe entrecruzar el empresario isleño.
El mercado local, el de la isla, ha servido de “inclusa”, un símil con respecto a aquellas instituciones que acogen y crían niños abandonados. De ahí que los bienes que no tienen mercados en el exterior se les identifican como mercancías incluseras, es decir, que sólo existen en el territorio de origen. Esto es lo lamentable. Si la intensión es enrumbarnos decididamente hacia un modelo económico más rentable, abandonar de una vez y por todas, el modelo económico inclusero, debemos empezar por sacar del ostracismo nuestros bienes, los pocos que disponemos, liberarlos, insuflarles el respiro exportador.
Requerimos urgente la acción de la promoción en el escenario en que perviven los mercados foráneos, un tipo especifico de promoción, ¿a cuál me refiero? A la promoción de ventas, que liga en la oferta, las mercancías con el mercado potencial de consumidores, feriándolos masivamente en el exterior. Esta acción requiere la presencia física de nuestros empresarios isleños en los mercados objetivos externos. La estrategia en cuestión ha sido y es la práctica consuetudinaria de las naciones de economías exportadoras.
Hay consumidores. El término es un genérico, pues su estatus configura un homo economicus que ingesta bienes para la satisfacción de sus necesidades fisiológicas. Ahora bien, hay consumidores de mercancías –esto es otro tipo de consumidor- el llamado homo mercatus que consume para satisfacer sus necesidades psicológicas, pues las fisiológicas se han reducido a la oscura obsolescencia.
El homo mercatus compra imágenes, referencias sensoriales, sin que el precio sea necesariamente la frontera de su decisión de compra. El valor agregado comunicacional constituye la otra frontera que debe entrecruzar el empresario isleño.