Me refiero a la artesanía, aquella creación que se funde
con la habilidad manual, que transmite a través de ésta la emoción, el
sentimiento creativo hecho realidad. La expresión pre-industrial en cuestión
está cobijada en la informalidad, en aquel aparente desorden productivo, no
regido por el precio ni el costo, alejado del imperio del gusto, inserto en la
potencialidad humana, cuyo libre albedrio constituye el organismo rector. ¿Es
el fenómeno humano creador al que se pretende poner la camisa de fuerza de la
formalidad, inyectándole la venenosa pócima del fisco, que evidentemente no lo
resistiría, y por ende se mataría a la gallina de los huevos de oro? ¿Qué
necesitan los artesanos para convertirlos en poderosos y efectivos
industriales? Dar un salto al vacío, sosteniéndose en el velamen de una
inversión preñada de credibilidad para así aterrizar en el colchón del mercado
usuario.
La producción informal en República Dominicana absorbe
más del sesenta por ciento de la población económicamente activa, reduciendo el
empleo formal activo en cerca del veinte por ciento, el resto está inmerso en
la cruda realidad del desempleo, argumento que hemos venido sosteniendo, en que
subyace la inmensa potencialidad de la industrialización isleña.
¿Por qué la atención al sector artesanal, la mal llamada
microempresa, que de empresa no tiene nada? La respuesta es sencilla: no se entiende
el fenómeno del desarrollo económico, confundiéndolo con crecimiento, y por
tanto si es crecimiento la informalidad debe tributar. Los argumentos abundan,
el más reciente es el requerimiento de un volumen fiscal equivalente al cinco
por ciento del PIB, déficit presupuestario que debe amortiguarse con recursos
provenientes de la actividad económica y con financiamiento externo. ¿Cuál es
la salida? El desarrollo económico dominicano requiere urgente la reducción del
tamaño actual de la economía.