#320 LA INDUSTRIA INFORMAL


Me refiero a la artesanía, aquella creación que se funde con la habilidad manual, que transmite a través de ésta la emoción, el sentimiento creativo hecho realidad. La expresión pre-industrial en cuestión está cobijada en la informalidad, en aquel aparente desorden productivo, no regido por el precio ni el costo, alejado del imperio del gusto, inserto en la potencialidad humana, cuyo libre albedrio constituye el organismo rector. ¿Es el fenómeno humano creador al que se pretende poner la camisa de fuerza de la formalidad, inyectándole la venenosa pócima del fisco, que evidentemente no lo resistiría, y por ende se mataría a la gallina de los huevos de oro? ¿Qué necesitan los artesanos para convertirlos en poderosos y efectivos industriales? Dar un salto al vacío, sosteniéndose en el velamen de una inversión preñada de credibilidad para así aterrizar en el colchón del mercado usuario.
La producción informal en República Dominicana absorbe más del sesenta por ciento de la población económicamente activa, reduciendo el empleo formal activo en cerca del veinte por ciento, el resto está inmerso en la cruda realidad del desempleo, argumento que hemos venido sosteniendo, en que subyace la inmensa potencialidad de la industrialización isleña.
¿Por qué la atención al sector artesanal, la mal llamada microempresa, que de empresa no tiene nada? La respuesta es sencilla: no se entiende el fenómeno del desarrollo económico, confundiéndolo con crecimiento, y por tanto si es crecimiento la informalidad debe tributar. Los argumentos abundan, el más reciente es el requerimiento de un volumen fiscal equivalente al cinco por ciento del PIB, déficit presupuestario que debe amortiguarse con recursos provenientes de la actividad económica y con financiamiento externo. ¿Cuál es la salida? El desarrollo económico dominicano requiere urgente la reducción del tamaño actual de la economía.