Partimos nuestro análisis de dos conucos. Uno de
ellos, el A, es un conuco de tierra poco fértil, árida, algo se saca de ella
para poder subsistir: plátano, yuca y algo de vegetales, pero realmente poco.
El otro conuco, el B, de tierra buena, abonada, dispone de canales con los
cuales recibe agua permanente, el dueño tiene empleados que lo atienden “todo
el tiempo”. El conuco B ha llegado a producir muy bien, cinco veces más que el
conuco A. Resulta que el conuco B tiene excedentes, y después de proveer las necesidades
de subsistencia tiene posibilidades de vender el excedente con favorables
márgenes de beneficios, digamos un 60% por encima de sus costos. En otras
palabras, produce a razón de un tercio del costo del conuco A. El conuco A
también dispone de algunos excedentes pero a un costo alto. El margen de
beneficio si existe no podría ser mayor de un 5%. El dueño del conuco B pretende
vender sus excedentes al dueño del conuco A con el argumento de que le resulta
más barato –un sofisma económico de proporciones insospechadas- comprar que
producir: ¡y eso verdad! Con la venta pretende que no vuelva a cultivar, sino
que consuma comprando, ¿¿no
produciendo?? En el pueblo se abre una feria y ambos van a vender sus
excedentes. El resultado es que el dueño B vende todos sus excedentes a un
precio inferior al dueño A, quien tuvo que rematar los víveres por debajo del
costo con pérdidas cuantiosas, sin ánimo de volver de nuevo a la feria.
El precio de la subsistencia es alto, pero mucho más
alto es el costo de la pobreza, de la dependencia feroz y voraz, el cuadro
tétrico de miles y miles de campesinos convertidos en obreros, alimentando las
ciudades, los servicios domésticos de casas de familia, y sobre todo recibiendo
la injusta paga de los miserables salarios de las empresas de zona franca. De
inicio de la década de los noventa a la fecha, la población rural de tres
millones doscientos mil ha visto reducirse a dos millones quinientos mil,
aproximadamente un 8% de incremento poblacional en la ciudad de Santo Domingo,
una desintegración brutal del campo dominicano y una intolerable polarización a
corto plazo.
A partir de ahora el dueño del conuco A tendrá la
responsabilidad encubierta, misión infausta a todas luces, de sostener los
costos y los beneficios del conuco B, de mantener su nivel de competitividad a
toda costa, esa es la cruda realidad.