La sociedad de activos es contrapuesta a la sociedad de
beneficios, en evidente alusión a la figura de co-dueño en un proyecto
productivo, esto frente a la simple intermediación. El argumento resulta en
grado sumo condicionado si contextualizamos la relación de intereses en cuestión,
me refiero a la inclusión de algún componente derivado del capital de la isla,
sí, así como se lee, dicho de otro modo, el haber o activo nacional, en oposición
al de origen extranjero. Eso es, sociedad en activos, no obstante el modesto
marco legal vigente al respecto, sintetizada en la ley de inversión extranjera,
cuya urgente revisión apunta a un marco legal más evolucionado, decididamente orientado
al desarrollo económico. Hay, existe, no hay dudas, el desequilibrio en el
acuerdo de beneficios. Quien da retiene la gallina de los huevos de oro, me
refiero a la tecnología, no quiere compartirla, sería ceder el control, la acción
productora. Da, si da, los espejitos de los conquistadores del nuevo mundo,
aquel célebre truque de los espejitos por oro de hace quinientos años atrás. De
ahí para acá ha cambiado sustancialmente la configuración cultural de los
pueblos, veteranía adquirida por los cambios derivados de la curva de
experiencia acumulada. Abran los ojos, la situación real consiste en
la negociación para una explotación conjunta. La inversión no es privativa de
iniciativas foráneas. Digámoslo en su verdadera dimensión. La inversión nace de
la necesidad de subsistencia, mientras más acuciante sea la carencia mayor
potencial, mejores condiciones para que se provoque el desarrollo. El agobio
fruto del esfuerzo no obnubila la gesta transformadora de una idea expresada en
intensión. En esto consiste la mentalidad inversionista.