Me pregunto si es viable otro tipo de economía en nuestra
isla. Debo decir que si aspiramos a cambios en nuestro modo de subsistencia, primero
debe cambiar la gente, ésta que hace de la economía una entidad viva, no sólo el
ciudadano común sino los empresarios, políticos y religiosos, una reforma
humana, eso es, tanto en la manera de pensar como de actuar. Si no veamos, echemos
un vistazo a nuestro entorno. El malestar generalizado es evidente. Lo que
brota de inmediato al escuchar son afirmaciones de cosas tan lejos de lo que es
la práctica común. El distanciamiento entre lo que se dice y lo que se hace
está diseminado por la isla. La incoherencia es descomunal, marca el compás de
una economía difusa, imprecisa, borrosa, poco clara. Así, las expectativas que
alguna vez fueron halagüeñas de pronto se tornan en frustraciones. Pero eso no
es todo, pues existe lo otro, la preeminencia de los intereses particulares,
que abundan sí, revestidos de interés común, un tigueraje de saco y corbata que
mina ostensiblemente la convivencia isleña reduciéndola en arisca y en nada
amigable. En cuanto a los ingresos, la pretensión generalizada a ser asalariados
dura poco, lo suficiente para que se manifieste la mezquindad del empresario,
cuya cultura de inversión es prácticamente inexistente, asignando salarios de
miseria a cuanto empleado pase por sus manos. Existe la creencia difundida que
es un logro el menosprecio a la energía humana no renovable. La pregunta
persiste, si bajo estas condiciones es viable otro tipo de economía en la isla.
Concluyo, si las condiciones fuesen otras, no me cabe la menor duda. El cambio
a otra economía depende en gran medida de su gente, sin distinción de razas,
credos, preferencias políticas, clases sociales, edades, en fin, la compleja diversidad
que compone la República Dominicana.