La reciente taxonomía, ciencia que jerarquiza los
conocimientos, sobre los conglomerados humanos apunta a que los pueblos
dependientes de la deuda externa caracterizados por el consumismo improductivo,
se encuentran en el más bajo nivel de evolución social. No es un pueblo
moderno, digamos avanzado, el que cuenta con tecnología de comunicación de
punta. Eso, lo que nos dice es que tipificamos un mercado consumista, estéril.
En buena lógica, el valor de estos
pueblos, por más pequeños que sean, es inestimable para las naciones
industrializadas. Una cosa es consumir y otra producir. Las prioridades definen
la evolución social. El agregado humano que produce, aquel pueblo orientado al
desarrollo de la creatividad humana, no mide sus decisiones económicas a través
del gusto y los deseos. Si se fijan en el entorno económico, la fruición es el
parámetro que ha construido nuestra sociedad, la nefasta y perversa economía de
Adam Smith, sintetizada en el imperio de los sentidos, el laissez faire expresada
en la esclavitud de nuestra voluntad, movida como títere al vaivén de la
insatisfacción permanente, inequidad expresada en la jerarquía de valores de
Maslow. Este tipo de cultura económica no se inclina por la generación de
ingresos que no sea el salario, la escala de ingreso del dependiente, en suma
del pobre de espíritu. Con el cerebro lleno de valores traducidos en ropas de
marca, casas suntuosas, yipetas, dinero a borbotones en los bolsillos, la
ilusión permanente en los juegos de azar, indefectiblemente con la frustración a
cuestas, la idiosincrasia brutal por lo que representa, el atraso social, de
que el que trabaja es el pendejo, el tonto. Mientras nuestro esquema
socioeconómico sea el actual, dependientes de la deuda externa como inequívoco
algoritmo financiero, victimas impenitentes del consumismo, la isla se
empobrecerá cada día más, seguiremos agitados por la nueva posición haitiana, la de la sustitución de importaciones, que
lejos de perjudicarnos, nos beneficia económicamente.