Aquellos recursos financieros que emigran de la isla
cuyos dueños son dominicanos, los llamados capitales opacos, debemos
despenalizarlos sin vacilación, requieren de una ley de amnistía que observe un
paquete de incentivos, sería el fondo patrimonial de una banca que operaría en
divisas, la llamada banca de promoción de la exportación que no existe en la
isla. Urge la revisión del parámetro ético- social que incide cual harakiri en
nuestro desvencijado pueblo. Sin inversión interna no hay desarrollo económico,
esa es la triste realidad. Sino observemos el sector turístico y el de zonas
francas en manos de la inversión extranjera, cuya renta es de destino
desconocido, ingreso con el cual, de seguro, no estaríamos endeudándonos
periódicamente. La inversión extranjera es voraz, reductora de la esperanza de
los dominicanos, endosando sin compasión salarios de miseria, pues el motivo es
sencillo, no son dolientes de la isla. Hoy en el albor del siglo veintiuno la
inversión interna isleña imputa el revestimiento de la ética inquisidora del
oscuro medioevo del siglo trece. Detengamos esta actitud económica, a todas
luces irracional. El estimado de dos mil
millones de dólares señalado como fuga de capitales dominicanos es risible, presumimos
que es más, podrían llegar sin exagerar a los diez millardos de dólares,
recursos nativos que huyen presurosos de la isla cuando pudieran quedarse con
una ley de amnistía en beneficio de la inversión interna. La industria
dominicana, la poca que existe, está pasando a manos extranjeras, la industria
dominicana se empobrece, la isla se desindustrializa vertiginosamente, y con
ello se profundiza la dependencia en la deuda externa. El hambre no espera,
urge ansioso de respuestas, revertido en delincuencia porque no hay
oportunidades laborales. Cristalizar en inversión interna los llamados
capitales opacos dinamizaría inusitadamente la situación de indigencia en que
se encuentra la economía isleña. La ética económica correcta consiste en perdonar
setenta veces siete, quien perdona se sana. Esta máxima profundamente sabia no
tiene desperdicio.