En medio de la renuencia de las autoridades oficiales de reducir el gasto, los empresarios de patio reprobaron de plano cualquier viso de reforma fiscal. Perece que la pócima va por la mezcla, ni uno ni el otro, un poco de ambos.
La tentación cobró cuerpo en la toma de posesión con el anuncio de un enorme volumen de inversión –Más de cien millardos de pesos dominicanos. Como quiera es mucha plata- sumado al incómodo déficit fiscal vigente, que va por los cincuenta millardos. Esto último quedó resuelto con el redimensionamiento financiero de la economía a través de la asunción de la nueva paridad cambiaria estimada en treinta y cinco o algo más pesos por dólar, la tácita y no menos ruidosa depreciación de la moneda. En lo inmediato, como quien no quiere la cosa, los empresarios deberán abocarse al reajuste de sus cuentas, sobre todo los salarios de la nómina y el tamaño de sus empresas.
Con una recesión transitoria nimia en apariencia, la economía dominicana reemprende el camino del progreso, ajena a la visión ortodoxa de la oposición, concepción transpuesta en el horizonte económico de lo impráctico, de lo quedo, acullá, muestra sosa de la falta de imaginación.
Pocos, digo pocos porque reviso la prensa y no me entero de lo que no veo, pocos advierten la enorme influencia de la población en el devenir económico, el poder que ostenta inequívocamente la demanda agregada, particularmente en nuestro país. Pues esa población a la que me refiero ha hecho suyo el tipo de proyecto de futuro, halagüeño y promisorio al decir de los políticos oficialistas de la actual gestión gubernamental. ¿Es un sueño, un letargo o una somnolencia inducida? Lo cierto es que los agentes económicos que sustentan la demanda agregada dominicana han aceptado y se han sumado al sueño de una economía inexistente en la práctica, recreada subliminalmente en lo más recóndito de sus cerebros, en las perspectivas dejadas caer recientemente por el gobierno del doctor Leonel Fernández. Bajo esas condiciones es difícil, por no decir imposible, rechazar reformas fiscales porque no representan un dolor financiero sino la vía de un futuro mejor. El mismo mecanismo psicosocial ocurre con el gasto, ¿para qué reducirlo? El gobierno necesita compensar sus esfuerzos, de otra manera los sueños económicos serían irrealizables. Mientras tanto abrigamos la esperanza de que la nueva economía que se implante en la República Dominicana funcione mínimamente en el corto plazo.
La tentación cobró cuerpo en la toma de posesión con el anuncio de un enorme volumen de inversión –Más de cien millardos de pesos dominicanos. Como quiera es mucha plata- sumado al incómodo déficit fiscal vigente, que va por los cincuenta millardos. Esto último quedó resuelto con el redimensionamiento financiero de la economía a través de la asunción de la nueva paridad cambiaria estimada en treinta y cinco o algo más pesos por dólar, la tácita y no menos ruidosa depreciación de la moneda. En lo inmediato, como quien no quiere la cosa, los empresarios deberán abocarse al reajuste de sus cuentas, sobre todo los salarios de la nómina y el tamaño de sus empresas.
Con una recesión transitoria nimia en apariencia, la economía dominicana reemprende el camino del progreso, ajena a la visión ortodoxa de la oposición, concepción transpuesta en el horizonte económico de lo impráctico, de lo quedo, acullá, muestra sosa de la falta de imaginación.
Pocos, digo pocos porque reviso la prensa y no me entero de lo que no veo, pocos advierten la enorme influencia de la población en el devenir económico, el poder que ostenta inequívocamente la demanda agregada, particularmente en nuestro país. Pues esa población a la que me refiero ha hecho suyo el tipo de proyecto de futuro, halagüeño y promisorio al decir de los políticos oficialistas de la actual gestión gubernamental. ¿Es un sueño, un letargo o una somnolencia inducida? Lo cierto es que los agentes económicos que sustentan la demanda agregada dominicana han aceptado y se han sumado al sueño de una economía inexistente en la práctica, recreada subliminalmente en lo más recóndito de sus cerebros, en las perspectivas dejadas caer recientemente por el gobierno del doctor Leonel Fernández. Bajo esas condiciones es difícil, por no decir imposible, rechazar reformas fiscales porque no representan un dolor financiero sino la vía de un futuro mejor. El mismo mecanismo psicosocial ocurre con el gasto, ¿para qué reducirlo? El gobierno necesita compensar sus esfuerzos, de otra manera los sueños económicos serían irrealizables. Mientras tanto abrigamos la esperanza de que la nueva economía que se implante en la República Dominicana funcione mínimamente en el corto plazo.