No hay duda, si se tumban los precios la reacción del mercado es inmediata, provocaría una convocatoria sin precedentes en los establecimientos comerciales, mucho más ahora que la población, el mercado, pasa por una crisis exponencial, esa crisis invisible que se sitúa en el cerebro, algunos la identifican como stress, lo cierto que se ha reducido en impotencia y frustración. Lo había estudiado Keynes con el denominativo de “expectativas”, que opera insólitamente bien en las economías.
La cultura predominante en el empresario dominicano se basa en la ganancia a partir del sobreprecio. Las promociones –los baratillos- no son más que un señuelo para atraer al consumidor, en la mayoría de los casos con mercancías vencidas. Lamentablemente no se cree en el potencial de la circulación –la aceleración de la reposición- como generación de riquezas. Prefiere esperar a que el consumidor se convenza, que acepte cansado la imposición de esos precios desbocados, insensibles a la acción del freno de la crisis, corriendo precipitadamente sin dirección aparente.
Urge un cambio en la situación comercial del mercado de consumo local, en beneficio de la gente primero, el empresario después y por último las arcas del gobierno, venida a menos. Si se asocia este trípode podría desencadenar eventos trascendentales. Se recordará el muy difundido despegue de las economías asiáticas en la década del sesenta, y la vertiginosa evolución del comercio en España de aquella época redimensionando la economía ibérica, sumida en esos momentos en el atraso.
La economía dominicana requiere de roles complementarios de esa tríada en pos de la reducción dramática de los precios.
La cultura predominante en el empresario dominicano se basa en la ganancia a partir del sobreprecio. Las promociones –los baratillos- no son más que un señuelo para atraer al consumidor, en la mayoría de los casos con mercancías vencidas. Lamentablemente no se cree en el potencial de la circulación –la aceleración de la reposición- como generación de riquezas. Prefiere esperar a que el consumidor se convenza, que acepte cansado la imposición de esos precios desbocados, insensibles a la acción del freno de la crisis, corriendo precipitadamente sin dirección aparente.
Urge un cambio en la situación comercial del mercado de consumo local, en beneficio de la gente primero, el empresario después y por último las arcas del gobierno, venida a menos. Si se asocia este trípode podría desencadenar eventos trascendentales. Se recordará el muy difundido despegue de las economías asiáticas en la década del sesenta, y la vertiginosa evolución del comercio en España de aquella época redimensionando la economía ibérica, sumida en esos momentos en el atraso.
La economía dominicana requiere de roles complementarios de esa tríada en pos de la reducción dramática de los precios.