Nos referimos al gasto y su principal soporte, el salario. Ningún inversionista se atreve a colocar sus capitales en cualquier país del mundo sino está bien definida la estructura del gasto, que en definitiva sustenta los diversos mercados que operan en la economía. En la República Dominicana el gasto bordea los ochenta mil millones de dólares, resulta obviamente un pastel atractivo. Empero, observamos objeciones de fondo cuando el empresario pondera los aumentos salariales. Se tiene temor a la redistribución del ingreso, por eso hay una actitud miserable en el empresario cuando del aumento salarial se trata. Da la impresión que el incremento del salario es una dadiva, un favor indeseado, lo toma a regañadientes, en definitiva obstaculiza innecesariamente el desarrollo de los mercados que coexisten en la media isla. ¿El 12% de aumento salarial? Se lo engulle la inflación actual, retorna al mismo empresario sin contribuir en lo absoluto al desarrollo de la riqueza del país. Como secuela de la falta de visión en el rol del gasto, resulta la merma en la calidad de los servicios, el escaso desarrollo del recurso humano que opera en el sector empresarial.
El gasto en la economía tiene varias funciones, particularmente contribuye al sostén del gobierno. De esto se sienten orgullosos los empresarios porque entienden que son actores de importancia, a pesar de la reticencia manifiesta en la promoción de la riqueza del país.
Es válido observar que la población dominicana no tiene reparos al momento de consumir. Lleva en su idiosincrasia la proclividad al consumo, incluso, más allá de sus posibilidades, el efecto de demostración, el estar bien a toda costa y en cualquier estrato social.
El gasto en la economía tiene varias funciones, particularmente contribuye al sostén del gobierno. De esto se sienten orgullosos los empresarios porque entienden que son actores de importancia, a pesar de la reticencia manifiesta en la promoción de la riqueza del país.
Es válido observar que la población dominicana no tiene reparos al momento de consumir. Lleva en su idiosincrasia la proclividad al consumo, incluso, más allá de sus posibilidades, el efecto de demostración, el estar bien a toda costa y en cualquier estrato social.