El principio en cuestión reza que, ningún sector económico reduce la pobreza por más que aporte al crecimiento del PIB, a menos que genere empleos.
La situación es dramática, puede ser el 80% de la población que ocupa el territorio dominicano, incluyendo la horda de inmigrantes haitianos que pululan por nuestras calles en oficios diversos; pero repito, son muchos los desamparados en la isla. Entonces, ¿cuál sería el valor agregado de esos infelices? Si admitimos que el Valor Agregado es la diferencia del Ingreso y el Producto social –corriente de bienes y servicios- obtenido de la población de una demarcación geográfica, equivalente a salarios y rentas en general que se destinan al gasto de la población, entonces caemos en la cuenta que el Valor Agregado del malhadado es relativamente ínfimo. Nuestra economía no se orienta a los pobres del país, éstos caen en el status de dependientes, de gente marginada y no integrada a la sociedad. ¿Un cargo de conciencia?, ¿una carga socioeconómica?, no está muy lejos de eso.
Digamos que la dependencia es una forma de pobreza estructurada que reditúa buenos dividendos. Los capitales y empresarios de cualquier origen requieren de ejércitos de dependientes para sostener su riqueza y no compartirla, porque lo que pagan son cheles.
Empero, los gobiernos siguen insistiendo en políticas económicas de desarrollo con impacto social, asumiendo sus logros dentro de este contexto. Se afirma que si no es así, no hay nada bueno que destacar en una economía por más que crezca. Los sectores con amplia generación de empleo son los que se identifican con mayor Valor Agregado. Experiencias recientes en la economía global orientan nuestra atención en los modelos económicos basados en la microempresa, considerándolos un fenómeno socioeconómico inusual, de gran impacto en el empleo, de baja inversión y de un particular significado estratégico. El caso reciente de Cuba es el más elocuente.
La situación es dramática, puede ser el 80% de la población que ocupa el territorio dominicano, incluyendo la horda de inmigrantes haitianos que pululan por nuestras calles en oficios diversos; pero repito, son muchos los desamparados en la isla. Entonces, ¿cuál sería el valor agregado de esos infelices? Si admitimos que el Valor Agregado es la diferencia del Ingreso y el Producto social –corriente de bienes y servicios- obtenido de la población de una demarcación geográfica, equivalente a salarios y rentas en general que se destinan al gasto de la población, entonces caemos en la cuenta que el Valor Agregado del malhadado es relativamente ínfimo. Nuestra economía no se orienta a los pobres del país, éstos caen en el status de dependientes, de gente marginada y no integrada a la sociedad. ¿Un cargo de conciencia?, ¿una carga socioeconómica?, no está muy lejos de eso.
Digamos que la dependencia es una forma de pobreza estructurada que reditúa buenos dividendos. Los capitales y empresarios de cualquier origen requieren de ejércitos de dependientes para sostener su riqueza y no compartirla, porque lo que pagan son cheles.
Empero, los gobiernos siguen insistiendo en políticas económicas de desarrollo con impacto social, asumiendo sus logros dentro de este contexto. Se afirma que si no es así, no hay nada bueno que destacar en una economía por más que crezca. Los sectores con amplia generación de empleo son los que se identifican con mayor Valor Agregado. Experiencias recientes en la economía global orientan nuestra atención en los modelos económicos basados en la microempresa, considerándolos un fenómeno socioeconómico inusual, de gran impacto en el empleo, de baja inversión y de un particular significado estratégico. El caso reciente de Cuba es el más elocuente.