Nadie en su sano juicio apuesta por invertir en la microempresa. La inversión está atada al “ver para creer”, alejada de las oportunidades ocultas, incomprensibles, hasta cierto punto risible. Hay, en todo caso, poca o ninguna fe en lo que no se ve, no se entiende la lógica del desarrollo, se requiere con ansiosa urgencia la retribución cortoplacista del crecimiento, no obstante las potencialidades económicas en el tejido social primario, aquel que identificamos con la pobreza, por que no, la indigencia. Esta aseveración es una lógica inentendible, irracional a todas luces. La razón es contextual, circunstancial; lo que tiene sentido en algún momento, en otra situación puede ser tremendo desacierto.
Insistimos en que la fuente de la creatividad reside en los desposeídos, la base de la pirámide social. En el caso de República dominicana esta arista es muy amplia, la estimamos en setenta y cinco por ciento de la población isleña, es cuantiosa. Esta masa insular es revolucionaria, no tiene que perder, se regodea en el ocio provocado por el desempleo rampante, holganza que mezclada con las necesidades primarias insatisfechas desencadena una gama amplia y diversa de posibilidades productivas, con visos de insólita originalidad. En barriga llena no se incuban los talentos, mucho menos los que persiguen el estado de seguridad, un modo de vida sin riesgos, con aspiraciones colmadas de frustraciones.
Observemos la economía real, por ejemplo el beisbol profesional, preñado de gente pobre; lo mismo ocurre en el arte popular. Pregunto, ¿en dónde se esconde el talento humano de la clase media y alta? Atados lamentablemente en la seguridad de un empleo, en los tontos prejuicios que nos alejan del punto de partida del éxito, comenzar desde abajo.