Definitivamente las mercancías de confección local han caído en el desafecto del consumidor, provocando la exigencia de algo más que refuerce su certeza del gasto moral. Esta tétrica situación, pensamos que es coyuntural, nos lleva al supuesto de que hemos sido victimas consuetudinarias de la comunicación comercial, además de nuestros gustos y deseos al momento de decidir en que vamos a utilizar nuestros escasos ingresos, los reducidos y golpeados emolumentos, irrespetados por una cultura de producción de baja estofa, no sólo de los bienes de confección isleña, sino de una retahíla de mercancías que se traen de afuera, de productos vencidos, no aptos para el consumo humano.
La manufactura es algo más que la mezcla de insumos. El fenómeno de mercado involucra la finalidad fabril que lleve la impronta del orgullo, cuestión de honor, valores humanos que deben sustentarse para proyectar una opción consistente y seria en la mente del consumidor, más allá del mero hecho de producir. La manufactura no es una engañifa, tampoco consiste en la justificación del esfuerzo industrial mal orientado.
Afirmamos recurrentemente que nos falta desarrollo, esto es, la cualidad que sustente una curva de experiencia creíble. Hemos crecido atentos a la gestión de negocios, ajenos a la diferenciación de la calidad del producto y de cómo podemos mejorarlo. El resultado está ahí, en la presencia de una seudo-industria, sin ninguna posibilidad de penetrar en los mercados de consumo externos.
¿Estamos en disposición de demostrar calidad de nuestras mercancías y refrendarlo con sedas certificaciones? Mientras pensemos que la solución está en los controles gubernamentales para garantizar bienes consumibles, estamos mal, muy mal, esa es la realidad.