A ningún banco se le ha ocurrido este tipo de masificación
financiera, les falta estrategias, se han ido por lo más simple: el consumo, el
mundo de la fruición, que no guarda coherencia con la naturaleza humana. La
riqueza de los pobres es el ahorro, sí, porque sólo el ahorro los redime, ellos
lo saben, a pesar de la miseria humana prevaleciente, un derivado de la situación
social de crisis que nos gastamos. Pero, ojo, miseria no es pobreza, no
confundirlo. Miseria es desgracia, infortunio. Mientras la pobreza está
asociada a la necesidad, a la subsistencia. Si un banco les dice a los pobres
cómo salir de la pobreza, se llena de dinero. Empero, no lo dicen, porque no
saben cómo decirlo, a cambio optan por la miseria del engaño, vendiendo
ilusiones consumistas que no tienen nada que ver con lo más preciado de la
gente, la dignidad, valor último que redime la pobreza, la condición genética removedora
de la vivacidad, del ingenio humano. Allí está la clave, el secreto, sírvanse los
bancos con la cuchara grande, esto si lo entienden, en tal sentido aún soy
conservador, sino díganme cómo se originó las fortunas más grandes de la
historia, sino fue a través de la acumulación originaria, riqueza inicial que
observó acuciosamente Marx, el economista. Cito: Esta acumulación originaria
desempeña en economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado
original en la teología. Adán mordió la manzana y con ello, el pecado se
posesionó del género humano. Se nos explica su origen contándolo como una anécdota
del pasado En tiempos remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el
otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros
acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender
excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran
masa que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender salvo sus propias
personas y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus
poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo.