#62 BALANZA COMERCIAL DOMINICANA

Nos podemos confundir a simple vista cuando tenemos frente a nosotros una serie numérica como la balanza comercial. Al observarla nos llama la atención esos números fríos que inspiran respeto de momento, cantidades cargadas de razón de ser, modos confrontados de pensar y de proceder, ¿acaso competitividad? Lo cierto es que pone de manifiesto el cotejo de estados de flujos financieros de distinto origen: la República Dominicana frente al resto del mundo, o si se quiere frente a una región, y de manera más simple con respecto a otra Nación en particular. De hecho no es cualquier estado financiero como estamos acostumbrados a ver, a pesar de que intuimos su composición.
La balanza comercial manifiesta los planteamientos numéricos de las relaciones económicas internacionales bilaterales y/o multilaterales de nuestro país.
¿Cuál es el punto de partida de estos registros? Es obvio, el mercado; otros afirmarán las mercancías y el trasiego, esto es la muda de mercancías de un lugar a otro; y a cuenta de mercancías, ¿cuál es la mercancía última que se pretende? Las divisas, que no es un fin en si mismo, más no se puede obviar tan fácilmente como principal efecto del comercio internacional. Es este aspecto, la captación de divisas, que refleja la parte delicada de la balanza comercial, la sentencia de una sociedad indisoluble, Empresario y Estado, empalmados por una doctrina y una moralidad.
El empresario dominicano no se puede equivocar: la balanza comercial gira alrededor de los mercados. Hay quienes pretenden insertarse en las relaciones comerciales a partir de lo que quiere ofrecer. Cruda realidad que les espera, pues no siempre el mercado muestra coincidencias con el particular interés que mueve al empresario. ¿Conocemos los nuevos mercados habilitados para el empresario dominicano? Demás está afirmar que en los nuevos mercados hay un sin número de oportunidades de generar negocios, independientemente de si somos competitivos o no. Sostenemos que hay mercado para todo tipo de mercancías; es cuestión de verificar este principio comercial antiquísimo.
Para justificar su modorra, algunos empresarios locales se encubrirán con la ley de las ventajas comparativas que concibió el inglés David Ricardo en el siglo XIX. Ricardo concebía las ventajas comparativas a partir de los límites geográficos de una Nación con respecto a otra, concibiendo a un país aislado del resto del mundo. Esto ha cambiado dramáticamente con el proceso de integración, digamos globalización, y el desarrollo intensivo de las comunicaciones.