El problema básico de la República Dominicana es el enredo que tenemos con temas como la productividad y la competitividad, que lejos de incentivar la interactividad comercial, lo que está ocasionando es el freno ostensible, cuando no la lamentable situación de parálisis en el sistema empresarial dominicano. Sería insensato de mi parte restarle importancia a estos temas, pero pienso que no es el inicio de la madeja, y en consecuencia estamos devanando incorrectamente el hilo empresarial del país.
El tema en cuestión se ha tornado en objeción, ya sea por desconocimiento de la nueva plataforma empresarial o por la subestimación de los recursos disponibles.
Los funcionarios del gobierno que tienen que ver con el TLC insisten en el esquema normativo, asumiendo que por algún lugar hay que comenzar. Entiendo yo que lo que aconseja el momento es la praxis, actuando en dirección hacia las oportunidades, dirigiéndose tras las experiencias, familiarizándose con los mercados del TLC. La sugerencia no es nueva, ya lo habían hecho los japonenses en la década de los cincuenta cuando en hordas se establecieron en los EEUU, el mercado inmediato de los nipones de entonces.
¿Cuánto representaría para República Dominicana el incremento del 10% en las exportaciones a Centroamérica? Estimamos que su equivalente en la reducción de gastos en divisas del país a Centroamérica. La conquista de posiciones comerciales de esta naturaleza sincerezaría una parte significativa de la maquillada apreciación de la moneda dominicana. El impacto significativo en la economía dominicana costaría pesos y no dólares, es decir los pesos que se necesitarían para la producción local, además de los pesos que se liberarían del fisco como incentivo al sector exportador, restituyendo en ingresos los impuestos pagados en su oportunidad por el empresario exportador. ¿Una locura? En absoluto, todo lo contrario, ese peso impositivo liberado se convertiría en una herramienta financiera cuya función sería estimular el flujo de divisas provenientes de mercados externos. China es un buen ejemplo.
Olvidémonos por el momento de poner la carreta delante de los bueyes priorizando las discusiones de productividad y competitividad por encima de la dinámica comercial de los nuevos mercados. El requerimiento de mejorías llegará por su propio peso, no como una condicionante, sino como un recurso lógico de actuación. Debo añadir que la tecnología predominante en los nuevos mercados no es tan exigente como puede suponerse. El consumidor teleceísta espera impacientemente por nosotros.
El tema en cuestión se ha tornado en objeción, ya sea por desconocimiento de la nueva plataforma empresarial o por la subestimación de los recursos disponibles.
Los funcionarios del gobierno que tienen que ver con el TLC insisten en el esquema normativo, asumiendo que por algún lugar hay que comenzar. Entiendo yo que lo que aconseja el momento es la praxis, actuando en dirección hacia las oportunidades, dirigiéndose tras las experiencias, familiarizándose con los mercados del TLC. La sugerencia no es nueva, ya lo habían hecho los japonenses en la década de los cincuenta cuando en hordas se establecieron en los EEUU, el mercado inmediato de los nipones de entonces.
¿Cuánto representaría para República Dominicana el incremento del 10% en las exportaciones a Centroamérica? Estimamos que su equivalente en la reducción de gastos en divisas del país a Centroamérica. La conquista de posiciones comerciales de esta naturaleza sincerezaría una parte significativa de la maquillada apreciación de la moneda dominicana. El impacto significativo en la economía dominicana costaría pesos y no dólares, es decir los pesos que se necesitarían para la producción local, además de los pesos que se liberarían del fisco como incentivo al sector exportador, restituyendo en ingresos los impuestos pagados en su oportunidad por el empresario exportador. ¿Una locura? En absoluto, todo lo contrario, ese peso impositivo liberado se convertiría en una herramienta financiera cuya función sería estimular el flujo de divisas provenientes de mercados externos. China es un buen ejemplo.
Olvidémonos por el momento de poner la carreta delante de los bueyes priorizando las discusiones de productividad y competitividad por encima de la dinámica comercial de los nuevos mercados. El requerimiento de mejorías llegará por su propio peso, no como una condicionante, sino como un recurso lógico de actuación. Debo añadir que la tecnología predominante en los nuevos mercados no es tan exigente como puede suponerse. El consumidor teleceísta espera impacientemente por nosotros.