#93 ECONOMIA EN CAMPAÑA

República Dominicana oficializó el periodo de campaña electoral y de inmediato el tema económico salió a relucir como parte del argumento básico de los mensajes promocionales. ¿Resistirá tanta demagogia la alicaída economía dominicana? Empezando por la oposición, desde esa óptica todo anda mal. Esta es la postura más cómoda desde el punto de vista de la economía, sobre todo para los países desvalidos de la región donde sin ninguna discusión se nota más el forro que el estrujado vestido de los gobiernos de turno. Pero si lo que se quiere es ver las cosas como son, estamos seguros, vamos a decirlo con más énfasis “segurísimos”, que ningún gobierno de turno es responsable de la situación reinante. Entonces si es así, la campaña electoral de quisqueya no pasa de ser pintoresca, un tanto peculiar de la política de patio, circunscribiéndose a un ejercicio de demagogia harto usado. Allá usted si cuelga su credibilidad en esa veleta. Hay otras más, por ejemplo la del partido de gobierno en campaña. El “todo anda bien” es el tema de campaña, una especie de cara o sello de la moneda. Digamos que lo predominante es la plástica de la economía rosa. Lo cierto es que hasta los organismos internacionales entran al jueguito, santiguando en el momento más oportuno alguna estadística bondadosa. La trama central, el maltraído tema del costo de la vida. Los políticos en campaña satanizan la economía, juegan con la credibilidad de la gente, para esto disponen de todo el andamiaje institucional del país a su servicio, maniobra válida si reditúan votos. Lo cierto es que el jueguito resulta tan sugestivo que se llega al extremo de desvirtuar la realidad. Pero todo lo que se dice, sobre todo en el plano económico tiene restringida vigencia. El problema social de la pobreza se ha explotado hasta la irracionalidad pero sin ninguna propuesta tangible para amenguarla. La estrechez con que vive la gran mayoría de los dominicanos es un arma de doble filo en campaña política, puede sin mucho esfuerzo subir como espuma a un candidato, pero al ser un problema estructural se anticipa en corto tiempo la frustración de los otrora votantes en un rechazo irreversible. El tema impositivo acude a la campaña reiteradamente. Todos sin excepción ofrecen reducir los impuestos. La medida es simpática pero cae dentro del sopor, del devaneo de quienes la crean, en un país como el nuestro cuya voracidad estatal raya en lo endémico, y no podemos esperar menos cuando observamos la idiosincrasia predominante de la política vernácula. Al final, cuando la campaña pase la economía seguirá su curso, incólume a los políticos vocingleros.