#165 RELIGIÓN EN LA ECONOMÍA

Es incuestionable el poder que ejercen los grupos religiosos en sociedades como la República Dominicana. Si tienen poder, su incidencia en el devenir económico es un hecho tangible; tácito, la evidencia no es siempre su modus operandis. A cuenta de Dios, grupos humanos interesados cargan el pesado fardo de la manipulación, configurando una economía débil y caprichosa.
El sentimiento del mercado de consumo está impregnado del trasnochado trascendentalismo kantiano. Los bienes de consumo impulsan la cultura de la indulgencia, quién no más que la iglesia para liberarnos del remordimiento de conciencia.
El poder es la manzana de la discordia entre la iglesia católica y las iglesias protestantes. Ambas comunidades cristianas se abrogan el derecho del libre albedrio de millones de dominicanos. Están dispuestas a negociar pero sin ceder las prerrogativas que impulsa la vida libidinosa, las miserias humanas que a borbotones emanan de algunos sectores de la sociedad dominicana.
El escenario económico es muy atractivo para la religión. Desde hace algún tiempo las comunidades cristianas han variado la pauta de la pobreza por la opulencia. La pobreza es sinónimo de pecado; los pobres son mal vistos en el cristianismo. Se aspira al neo cristianismo solvente, fuerte, no hay otra razón sino la iglesia granítica a los vientos huracanados de corrientes en defecto por pensar diferente.
La situación económica de crisis es una prueba para las cúpulas cristianas. Se insiste obcecadamente en el espíritu de sacrificio, en los designios divinos, y en el sentido de redención que resultan de los castigos, situaciones indeseables con las cuales hay que convivir.
La economía necesita de urgencia la liberación de ataduras que dinamicen las fuerzas del mercado, con formas de pensar orientadas a los resultados, fuera del alcance de la antípoda “bueno-malo”, manipulación maniquea que perturba, que distrae los agentes económicos de la isla.