En el escenario de un tratado de libre comercio ninguna queja es válida si la objeción es la participación en los mercados. Es irrelevante, así de sencillo. El blindaje de los mercados locales a favor del competidor nativo, en desmedro de empresarios de países miembros del TLC, corresponde a épocas sombrías felizmente superadas. De lo que se trata es de demostrar mayor competitividad o sucumbir. Reza el adagio popular “el que tenga más saliva que coma más hojaldre”. En suma, eso es un TLC, cosa a la que no nos hemos acostumbrado aún. Un criterio sano de comercio internacional se orienta a volcar esfuerzos por insertarse en los nuevos mercados, “josear” por favorecerse de los consumidores que residen en los escenarios geográficos habilitados por el TLC, es el caso de los países centroamericanos y República Dominicana.
Se hizo el esfuerzo por conciliar la legislación del TLC y sus reglamentos. Lamentablemente se habló muy poco del modus operandis de los agentes económicos en el nuevo escenario. Es obvia, entonces, la confusión. El mercado de consumo ha cambiado sustancialmente. De disgregado –segmentado, no- por razones geográficas y de idiosincrasia, pasa a ser un solo mercado, medido y ponderado de manera uniforme. En cuanto a los agentes económicos de la oferta, tienen plena libertad de movimiento, inversión, asociación y transacción para la explotación del nuevo mercado, el mercado del TLC.
A excepción de USA, el mercado centroamericano no es tan grande, apenas suma quince millones de consumidores de cuarenta y cinco que conforma la población total, incluyendo la República Dominicana. Son agregados, dependientes en gran medida del consumo de productos agropecuarios locales, de la importación de bienes industrializados que llegan del territorio americano.
El TLC fue promovido en su momento -particularmente el RD-CAFTA- a finales de la década de los noventa, como la panacea, un conjunto de bondades económicas entre las que destacaba la reducción drástica de los niveles de precios, fruto de la liberación de los aranceles y el énfasis en la competencia intensiva de la oferta. Además, el ingreso al mercado de consumo de bienes altamente diferenciados, de marcas mundialmente reconocidas. Sobre todo lo que más destacaba de la faramalla en cuestión, el arribo del despegue económico de la República Dominicana. La amenaza encubierta que de no incorporarse al TLC, acaecería el aislamiento y con ello el país invernaría indefinidamente.
Lo cierto que hasta ahora la experiencia de la implementación del TLC RD-CAFTA ha sido frustrante. El empresario ha tomado el camino más corto, la línea recta entre dos puntos, la alternativa de la importación, ignorando la incursión a los nuevos mercados de consumo, la exportación y el incremento sostenido del empleo, aferrándose con celo al mercado interno. Los pocos productores que quedan son de corte localistas, no resisten en lo más mínimo la competencia externa, y la gran mayoría de empresarios, otrora fabricantes, se han convertido en almacenistas, mayoristas importadores, parte de los canales de distribución de las empresas americanas, donde se ubican los bienes de mayor valor agregado.
Finalizo estas disquisiciones indicando que el mercado del TLC RD-CAFTA es una invitación a crecer, a generar divisas, a ampliar la escala comercial. Quienes no lo vean así, quienes se aferren al mercado de consumo local con subterfugios, están condenados a la indigencia empresarial.
Se hizo el esfuerzo por conciliar la legislación del TLC y sus reglamentos. Lamentablemente se habló muy poco del modus operandis de los agentes económicos en el nuevo escenario. Es obvia, entonces, la confusión. El mercado de consumo ha cambiado sustancialmente. De disgregado –segmentado, no- por razones geográficas y de idiosincrasia, pasa a ser un solo mercado, medido y ponderado de manera uniforme. En cuanto a los agentes económicos de la oferta, tienen plena libertad de movimiento, inversión, asociación y transacción para la explotación del nuevo mercado, el mercado del TLC.
A excepción de USA, el mercado centroamericano no es tan grande, apenas suma quince millones de consumidores de cuarenta y cinco que conforma la población total, incluyendo la República Dominicana. Son agregados, dependientes en gran medida del consumo de productos agropecuarios locales, de la importación de bienes industrializados que llegan del territorio americano.
El TLC fue promovido en su momento -particularmente el RD-CAFTA- a finales de la década de los noventa, como la panacea, un conjunto de bondades económicas entre las que destacaba la reducción drástica de los niveles de precios, fruto de la liberación de los aranceles y el énfasis en la competencia intensiva de la oferta. Además, el ingreso al mercado de consumo de bienes altamente diferenciados, de marcas mundialmente reconocidas. Sobre todo lo que más destacaba de la faramalla en cuestión, el arribo del despegue económico de la República Dominicana. La amenaza encubierta que de no incorporarse al TLC, acaecería el aislamiento y con ello el país invernaría indefinidamente.
Lo cierto que hasta ahora la experiencia de la implementación del TLC RD-CAFTA ha sido frustrante. El empresario ha tomado el camino más corto, la línea recta entre dos puntos, la alternativa de la importación, ignorando la incursión a los nuevos mercados de consumo, la exportación y el incremento sostenido del empleo, aferrándose con celo al mercado interno. Los pocos productores que quedan son de corte localistas, no resisten en lo más mínimo la competencia externa, y la gran mayoría de empresarios, otrora fabricantes, se han convertido en almacenistas, mayoristas importadores, parte de los canales de distribución de las empresas americanas, donde se ubican los bienes de mayor valor agregado.
Finalizo estas disquisiciones indicando que el mercado del TLC RD-CAFTA es una invitación a crecer, a generar divisas, a ampliar la escala comercial. Quienes no lo vean así, quienes se aferren al mercado de consumo local con subterfugios, están condenados a la indigencia empresarial.