El PBI o Producto Bruto Interno es, primariamente, una medida de la demanda interna. Lejos está, la tasa en cuestión, de ser el reflejo de la actividad económica de una nación. ¿Por qué? La idea esencial de actividad económica propone un conjunto de operaciones –no transacciones- o tareas, u ocupaciones propias de una entidad. Tampoco dicho indicador se inscribe en la semántica correcta del crecimiento, que define concretamente el desarrollo de un organismo.
Cuando aludimos al PBI nos alejamos de las distintas formas de progreso que pudiera manifestar una economía, porque no refleja mejoras; esa no es la semántica real del PBI. Empero, la confusión persiste, está dirigida, es una confusión interesada que se presta al uso incorrecto de una teoría ajena a su realidad, buscando ingenuamente una consistencia conceptual que no la tiene. ¿Qué atractivo adquiere el PBI al incurrir en esta deformación conceptual? Estimula el endeudamiento, donde hay evidentemente muchos intereses ajenos al bienestar de la sociedad, redimensionando periódicamente la capacidad de pago del Estado. De ahí que cuando el PBI varía favorablemente, las entidades crediticias internacionales especulan con la fortaleza de la economía. Nada más lejos de la realidad. ¿Qué provoca el crecimiento de la economía, y por ende el movimiento de la actividad económica? La inversión, pero no cualquier inversión. Nos referimos a la inversión que provoca el aumento del patrimonio de la sociedad del país, que no es el caso de las inversiones foráneas, que en componenda con los gobiernos de turno, aupados por legislaciones endebles, succionan las posibilidades económicas de una nación, repatriando los resultados de la explotación, y con ello fomentando el empobrecimiento. Las reservas, es decir, los excedentes de la actividad económica, son transferidos con gran desparpajo a cuenta del fomento del consumo, expresado en la creación de empleos.