Para entender la economía es cuestión de reproducir vivencias, analizar diversas curvas de experiencia, enfocarse en el estudio de disciplinas conexas, de ese modo podríamos observar la economía en la dimensión correcta. No se trata
de escuchar ruidosas estadísticas de las que sólo quedan los resabios de la
intensión, simulación montada de los futuros contritos pos-generacionales. Insistimos, tal fenómeno social adquiere ribetes atractivos con los
valores reales insertos en su propia naturaleza, sin duda un evento singular.
Si persistimos en la práctica de participar en la resonancia de percepciones
bajo la apreciación subjetiva del gusto, quedará en nuestra intima convicción
el amargo sabor del engaño, cuando no, el escepticismo malsano de la
generalidad, en donde justos pagan por pecadores.
La economía como mercancía de consumo es de digestión
lenta y de rápido efecto, marea los
sentidos, no obstante reconocer su origen abstracto. El marketing, en cambio,
desarrolla preferencias en el conjunto de personas, cuyo logro reditúa en beneficios.
La economía es no menos que el marketing, mientras éste se concreta específicamente en
los negocios, aquella se consuma incuestionablemente en el bienestar
social. En lo pertinente a la economía como bien de consumo, el precio se caracteriza
por la ausencia del peculio, si bien tiene valor de intercambio, el pago de la transacción es un intangible sintetizado en la proclividad a favor del consumidor, la aceptación sin discusión de las proposiciones que componen la oferta. ¿Eso ocurre en
la isla? La disquisición precedente tiene su por qué. Vemos como cosa insólita
la defensa del argumento de una proporcionalidad disímil e incoherente respecto
al PIB y al presupuesto del gobierno al referirnos con inusitado
entusiasmo al 4% para la educación. Cobra vigencia el antiguo refrán de Fernán González "ir por lana y volver trasquilado", ilustrado en la tragicomedia La Celestina, cuyo significado se reduce en ir a buscar un beneficio y salir perjudicado.