Cuando importamos comprando mercancías de fuera optamos por una conducta consumista, demostrando incapacidad productiva con esa actitud irracional, por tanto no le agregamos riqueza a nuestra isla, todo lo
contrario, estamos gastándola, patrimonio acumulado sin visos de reposición en
el corto plazo.
Hay momentos inflexivos en el tiempo, la aparición de
paradigmas nuevos que cambian la historia de la humanidad. El descubrimiento y colonización
de América, la riqueza del nuevo mundo oxigenó de forma determinante las
principales naciones del viejo mundo de la época, alicaídas por el deterioro de
sus ingresos ante el excesivo gasto de la sociedad de entonces. En otras
palabras, el mercado de consumo del viejo continente estaba en descenso, para
sostenerse el modelo de producción debía conseguir ingresos, que los obtuvo con
la sustracción de la riqueza del nuevo mundo.
El nuevo modelo económico dominicano tendrá que girar alrededor
de la gestión microempresarial, mientras que la empresa formal resarcirá el
deterioro de sus ingresos con la conquista de nuevos mercados, aquellos que
están fuera del territorio de la isla, previa reconversión de sus estructuras
organizacionales hacia la actividad manufacturera. Este hecho es irreversible,
el mercado local no garantiza el sostenimiento de esa parafernalia empresarial
importadora, a menos que pretenda suicidarse abocándose a la alocada carrera de
aumento de precios, hecho que reduciría mucho más sus posibilidades,
fortaleciendo el protagonismo de la informalidad. La microempresa ha resultado
en una expresión de la incapacidad de la
economía de generar el volumen de empleo requerido, el necesario para
garantizar la subsistencia de los que no acceden a la economía formal, a falta
de capacidad de absorción de empleo, la imposición de los requisitos de los
detentadores de la oferta isleña, por demás de muy bajo perfil en cuanto a la generación
de fuerzas productivas.