Se afirma con frecuencia que la disciplina, hija de la sabiduría, es adversa a la tentación; sin embargo ambas se conjugan en el dinero plástico; es la antinomia –disciplina y tentación- que le da vigencia a la tarjeta de crédito. A partir de la década de los sesenta del siglo XX, siglo que pasó recientemente, los bancos descubren la banca personal, un segmento de mercado al cual nunca le habían visto futuro financiero por lo masificado y trabajoso, además por la sombra del principio bancario de que “un préstamo grande requiere el mismo esfuerzo que un préstamo pequeño”. La tarjeta de crédito tiene la magia de la felicidad al consumir o el stress del repago de la cuota mensual de una deuda acumulada. Algunos asesores de grandes bancos afirman que la tarjeta de crédito no es el enemigo sino el “gasto no planificado”. Pero es difícil llevar a cuestas este principio en una sociedad como la nuestra, en la que nos insuflan el consumismo por boca y nariz. Claro, tenemos recomendaciones para la población usuaria del dinero plástico, pero solo es eso, medios de prevención. En absoluto eliminan la tentación del gasto a través de este medio de pago, ni mucho menos el desastre de una quiebra financiera familiar por su uso indiscriminado. El comercio quiera ventas a como de lugar; ofrece facilidades, ofertas, garantías, un “lléveselo ahora pague después”, los bancos no se excluyen de esta vorágine. Para los que piensan que el paraíso se llama USA, aquí le tenemos algunas estadísticas del gasto del Tío Sam a través del uso del dinero plástico. Hay por lo menos dos tarjetas de crédito en cada hogar estadounidense, manteniendo una deuda pendiente de 4,200 dólares. Hay un monto de 360,000 millones de dólares contraídos por tarjeta de crédito, cifra que es más del doble del déficit presupuestal del gobierno americano. En otras palabras, el ciudadano americano está consumiendo su salario para pagar sus deudas en tarjetas de crédito cada mes. El paraíso financiero que representa la tarjeta de crédito para los bancos, es que resulta ser un vehículo de préstamo al consumidor para cualquier propósito, una especie de droga, ofreciendo placer a corto plazo y dolor a largo plazo, el espejismo de tener más dinero del que realmente uno tiene. A continuación le sugerimos que haga “la oración diaria del tarjeta habiente” ante de asistir, diariamente, a la fiesta de consumo de las tiendas y supermercados.
“Ayúdame a evitar Señor el consumo si estoy deprimido,
Si estoy endeudado ayúdame a no gastar con la tarjeta de crédito,
Ayúdame a verificar los cargos, guardando los comprobantes de consumo,
Protege señor mi tarjeta de crédito firmándola al reverso,
Recuérdame Señor tachar las líneas en blanco sobre el monto total,
Señor asegúrame que el vendedor me devuelva mi tarjeta
y no la de otra persona,
Señor cuídame de los consumos falsos
y de cualquier cargo desconocido o incorrecto
en mi comprobante de pago,
Amen”
“Ayúdame a evitar Señor el consumo si estoy deprimido,
Si estoy endeudado ayúdame a no gastar con la tarjeta de crédito,
Ayúdame a verificar los cargos, guardando los comprobantes de consumo,
Protege señor mi tarjeta de crédito firmándola al reverso,
Recuérdame Señor tachar las líneas en blanco sobre el monto total,
Señor asegúrame que el vendedor me devuelva mi tarjeta
y no la de otra persona,
Señor cuídame de los consumos falsos
y de cualquier cargo desconocido o incorrecto
en mi comprobante de pago,
Amen”