Una deseconomía es un factor perturbador que distorsiona la apreciación del correcto funcionamiento de la economía normal. De ahí que los fenómenos deseconómicos caracterizan componentes insólitos; este es el caso de la medición habitual del crecimiento económico.
Existe la práctica imperdonable de igualar –normalizar o estandarizar- indistintamente la actividad económica de las naciones del planeta a través de la matemática estadística, genérica de por sí, abstracta por qué no, conceptual e ideal, atributos divorciados de la realidad circundante. Digamos que son dos estados propincuos –praxis y teoría- pero definitivamente diferentes. El crecimiento en parte se explica en los estadios de desarrollo de una entidad, y lógicamente en el contexto histórico en que ocurren. Hay ficción, espejismo, en suma, un artificio en la pretensión consuetudinaria de expresar un evento normalizado como si fuera el reflejo de la realidad toda.
Como ejemplo de tal aseveración comparemos los casos de Japón y República Dominicana. Asumiendo que ambas economías crecieron en nueve por ciento, la actividad económica que provoca la nipona es sustancialmente distinta al de la isla. El empleo en Japón es predominantemente fabril, mientras que el de la isla se asienta en el servicio a través del comercio provocado por la importación intensiva. Para salvar el impase se recurriría a los modelos económicos, empero, considerarlos sería imprudente, seguiríamos con los paradigmas de ficción en que opera la economía del planeta. Por otro lado, los recursos con que cuenta cada economía, la idiosincrasia, la historia, los intereses, y las esferas de subsistencia manifiestan perfiles tajantemente distintos. Entonces, ¿en qué seudomensura nos cobijamos? ¿Es similar el crecimiento del nueve por ciento de cada pueblo? Ese consumo que medimos en yen y en pesos, y lo indexamos en dólares, es decir, igualando cada evento económico diferenciado, redunda en una ficción sin parangón en la historia de la humanidad. Igualar ambas economías es una temeridad descomunal, pues revela manipulación e intensiones soterradas de origen desconocido.
Existe la práctica imperdonable de igualar –normalizar o estandarizar- indistintamente la actividad económica de las naciones del planeta a través de la matemática estadística, genérica de por sí, abstracta por qué no, conceptual e ideal, atributos divorciados de la realidad circundante. Digamos que son dos estados propincuos –praxis y teoría- pero definitivamente diferentes. El crecimiento en parte se explica en los estadios de desarrollo de una entidad, y lógicamente en el contexto histórico en que ocurren. Hay ficción, espejismo, en suma, un artificio en la pretensión consuetudinaria de expresar un evento normalizado como si fuera el reflejo de la realidad toda.
Como ejemplo de tal aseveración comparemos los casos de Japón y República Dominicana. Asumiendo que ambas economías crecieron en nueve por ciento, la actividad económica que provoca la nipona es sustancialmente distinta al de la isla. El empleo en Japón es predominantemente fabril, mientras que el de la isla se asienta en el servicio a través del comercio provocado por la importación intensiva. Para salvar el impase se recurriría a los modelos económicos, empero, considerarlos sería imprudente, seguiríamos con los paradigmas de ficción en que opera la economía del planeta. Por otro lado, los recursos con que cuenta cada economía, la idiosincrasia, la historia, los intereses, y las esferas de subsistencia manifiestan perfiles tajantemente distintos. Entonces, ¿en qué seudomensura nos cobijamos? ¿Es similar el crecimiento del nueve por ciento de cada pueblo? Ese consumo que medimos en yen y en pesos, y lo indexamos en dólares, es decir, igualando cada evento económico diferenciado, redunda en una ficción sin parangón en la historia de la humanidad. Igualar ambas economías es una temeridad descomunal, pues revela manipulación e intensiones soterradas de origen desconocido.