¿Por qué la venta ha sido históricamente mal vista? La negociación se ha basado tradicionalmente en la sugestión, en despertar los gustos de la gente, buscando con ello sensaciones pasajeras; pasado el efecto momentáneo queda el desanimo y la frustración. En estos elementos se fundamenta la economía imperante. A partir de ahí se erige toda una gama de formas que constituyen el sinnúmero de casos derramados a través de la interacción de la oferta y la demanda.
Por qué no cambiar, dar un giro en la teoría económica, esto es, centrarla en las posibilidades creativas del homo economicus, y no como está, enfocada en la satisfacción a través del consumo. El nuevo enfoque nos llevaría fácilmente al campo de la producción, a la satisfacción de las necesidades reales, dando respuesta inmediata a los objetivos que nos proponemos alcanzar.
Las tendencias humanas identificadas como superficiales, aquellas que se persiguen por efímeras, cuyo fin es la felicidad mental, la esperanzada fruición, es un principio indiscutible de la economía dominante, dado a que es una corriente en constante reposición. El “dejar hacer, dejar pasar” de Adam Smith es un criterio basado en las debilidades humanas de los sentidos, es una economía instintiva que logra equilibrios, frustraciones y nuevos equilibrios, a manera de un ciclo en forma de voluta.
Qué pasa cuando nos referimos de manera particular al homo economicus como un ser eminentemente racional, una entidad que sólo vive en el mundo ideal de la abstracción, esto es, en el concepto. ¿En qué se basa el supuesto del humano ideal? ¿En su predominante racionalidad? Por supuesto que no, ocurre todo lo contrario, pues construye una economía de los sentidos, la economía de la sinrazón. Smith y Ricardo lo sabían, sólo había que estimularlos, liberarlos bajo el soporte de una doctrina inspirada en el desenfreno y la liviandad, una supuesta libertad caótica, sin ninguna disciplina. A eso, y no a otra cosa, responden los estilos, la moda, la idealización de la individualidad, y la competencia entre otras perversidades.
Por qué no cambiar, dar un giro en la teoría económica, esto es, centrarla en las posibilidades creativas del homo economicus, y no como está, enfocada en la satisfacción a través del consumo. El nuevo enfoque nos llevaría fácilmente al campo de la producción, a la satisfacción de las necesidades reales, dando respuesta inmediata a los objetivos que nos proponemos alcanzar.
Las tendencias humanas identificadas como superficiales, aquellas que se persiguen por efímeras, cuyo fin es la felicidad mental, la esperanzada fruición, es un principio indiscutible de la economía dominante, dado a que es una corriente en constante reposición. El “dejar hacer, dejar pasar” de Adam Smith es un criterio basado en las debilidades humanas de los sentidos, es una economía instintiva que logra equilibrios, frustraciones y nuevos equilibrios, a manera de un ciclo en forma de voluta.
Qué pasa cuando nos referimos de manera particular al homo economicus como un ser eminentemente racional, una entidad que sólo vive en el mundo ideal de la abstracción, esto es, en el concepto. ¿En qué se basa el supuesto del humano ideal? ¿En su predominante racionalidad? Por supuesto que no, ocurre todo lo contrario, pues construye una economía de los sentidos, la economía de la sinrazón. Smith y Ricardo lo sabían, sólo había que estimularlos, liberarlos bajo el soporte de una doctrina inspirada en el desenfreno y la liviandad, una supuesta libertad caótica, sin ninguna disciplina. A eso, y no a otra cosa, responden los estilos, la moda, la idealización de la individualidad, y la competencia entre otras perversidades.