La presión tributaria no es un concepto absoluto, ni es
en esencia una expresión estadística, su naturaleza no reside en el mundo teórico,
en ese idealismo de la abstracción perfecta del endiablado ejercicio cerebral.
Este es un aspecto de la presión tributaria, la parte matemática, pero no es la
realidad de una colectividad humana, ambas, dos corrientes en que sucumbe la
gran proporción del ejercicio económico isleño.
La presión tributaria se explica en la situación estructural
de la condición humana de toda economía, la que en definitiva insufla
movimiento al organismo económico, es así, no quepa la menor duda. Pues resulta
que entre los accidentes que configuran una economía como la nuestra que la
hace ser una economía con personalidad propia, distinta a la del resto del
mundo, es el peseteo, el boroneo del 5% de la población, obeso de recursos, el 25% flacos, viviendo en la línea de pobreza, y el 70% en la indigencia
extrema, con el agravante –característica de este accidente- de negárseles el futuro, pues no lo tienen, ni siquiera la esperanza de realización humana.
Cuando se pretende aumentar la presión tributaria
a una economía como la dominicana, lo que se intenta hacer equivale a quitarle por la fuerza el poco dinero que a duras penas pueden conseguir para subsistir los desdichados isleños –el boroneo al que hemos aludido-, subsistencia que hace tiempo, más de diez años, se confunde con la nefasta supervivencia.
No se puede hacer ejercicio económico con aciertos a costa del hambre del pueblo, sencillamente se incurre en una desafortunada distorsión económica. El incremento de la presión tributaria transita indubitable los linderos de la sinrazón, rebaza en nuestro caso –el caso dominicano- los niveles aceptables de compresión
de las leyes sociales del que tanto hablaron y escribieron personalidades
extraordinarias como la del insigne Juan Bosch.