Pretender pensar y actuar como un gobierno opulento a
costa de un pueblo pobre, un gobierno preñado de pretensiones, y ansioso de
realizaciones pero sin “cuartos”, constituye una pusilanimidad, una falta grave a la ecuanimidad,
cuando es por todos conocidos que la política es un medio, no
es un fin en sí mismo.
¿De dónde se nutre de recursos el gobierno? En el caso isleño,
de los raquíticos dineros de un pueblo pobre, pobrísimo en todo. Pero, ¿pobre
de qué?, de oportunidades para producir. Definitivamente hay un desbalance muy
notorio en nuestra economía. ¿Cuál es la salida a la que apelan los gobiernos
de países pobres? Al endeudamiento, al empobrecimiento sostenido de las futuras
generaciones, al juego perverso de los cerebros diabólicos del FMI. Esto ocurre
porque los gobiernos de países pobres y empobrecidos no tienen fuente de
ingresos internos para las pretendidas realizaciones, en su
mayoría descontextualizadas.
Seguimos insistiendo en que debe reducirse el tamaño de
la economía. ¿Esta medida heroica significa más desempleo? Sí, la supresión del
tipo de empleo actual, particularmente el empleo improductivo del sector
público estimado en un 70%. El empleo disponible como consecuencia de la minoración
del gasto corriente provocaría en el corto plazo el necesario impulso a la microempresa, e impactaría favorablemente el desarrollo de las creatividades en la isla, tan venida a menos.
El tamaño actual del gasto público, ciertamente, redunda en
crecimiento económico, pero es un crecimiento ineficaz. Reducirlo
contribuiría a la sincerización de la economía de la isla, abriría las puertas
al replanteamiento del rol de las fuerzas productivas generadoras de empleo, retomando
el gobierno su función regularizadora. Esto hay que entenderlo, no se trata de
ser serios en aspectos que nos perjudican, degradan y debilitan. La
responsabilidad del papel regulador de los gobiernos consiste en asumir el reto de la
subsistencia de los agentes económicos estimulando la acción colectiva de la producción.