El ciudadano común, el isleño dominicano del cual deriva
el crecimiento económico y los ingresos fiscales, configura en gran medida una contextura
moral en donde, sin duda, subyace el calco religioso.
La economía cristiana expresada en el pensamiento del
santo Tomas de Aquino establece explicita referencia a la ley humana y su
correspondiente razón de ley si se ajusta a la recta razón. El santo y doctor
de la iglesia indica la obligatoriedad de obedecer las leyes sólo si convienen
con la equitativa justeza al trato humano y por consiguiente con la sempiterna
ley de Dios. En todo caso si se apartara del trato justo sería una ley inicua,
no tendría carácter de ley sino de violencia.
Usura voraz de los que detentan poder, enmarcada, bajo formas diversas, en la
desgraciada codicia. El pueblo, solo e
indefenso, se transfigura victima económica de la cicatera inhumanidad de la
especulación vigente, el manifiesto de la economía mefítica sienta sus bases, el estropicio está al doblar la esquina.
Estamos refiriéndonos al momento de crisis económica
cuyas soluciones propuestas originadas en una ortodoxia económica trasnochada
no han dado resultado, fracasando de manera rotunda.
Requerimos urgente de una economía que dignifique al
isleño, lejos de la concepción consumista insumo-gasto-deshecho, que tenga una
estrecha correlación entre moral y economía sustentada en el desarrollo de la producción,
que elimine la usura en todas sus formas, erradicando el desbocado fiscalismo del
FMI de las soluciones probables, en suma priorizando en los procesos económicos
el bienestar general de la población y la dignidad de la vida humana, tomando en
cuenta la importancia práctica que tiene para la isla cada persona que aporta
algo a la economía, por mínimo que sea.